Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

La Tetera de Plata

 

por Asociación Tercer Milenio

 

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por Nilda Angela GARCIA
Sobre el antiguo mueble, reinando opaca y olvidada he quedado como pieza única.
En aquellos tiempos éramos un bello juego, Margarita nos lustraba periódicamente, colocándonos sobre la gran bandeja con detalles decorativos.
Recuerdo el tintineo que producíamos al entrar él con el paso firme de sus botas, sobre el brillante piso de madera al amplio salón, llevando de su brazo la bonita hija.
Algunas tardes solíamos participar activamente de las reuniones con las jóvenes amigas de la niña. Respetuosamente escuchábamos sus conversaciones acompañadas de pícaras risitas que coloreaban los encantadores rostros. Claro hablaban de amor.
Casi siempre hacían alguna música y bailaban entre ellas con mucha gracia y soltura.
Verlas era un placer, con sus coloridos vestidos y esos rulos sostenidos por diminutos ramilletes de flores o cintas de seda.
Por ser la mayor del juego puedo asegurar que el grupo se veía como el óleo de un buen pintor.
Pero no todo fueron risas en esta casa . Aquél día Margarita, con su pequeña figura encorvada, semejando un ovillo de lana. Mientras lustruba nuestras piezas, con la suavidad de sus descarnadas manos, sucedió lo inesperado.
Entraban padre e hija conversando muy animosamente.
-Tatita no me niegue este favor, tatita es mi amiga-
Con el ceño adusto él ordenó, dando un fuerte tono a sus palabras.
-No comprendo, se ha vuelto loca esa niña-
-Tatita …
- Pero de que me estas hablando, ¡Acá se acata lo que yo digo!
Lágrimas regaron las mejillas de la desesperada joven tratando de secarlas con su blanco pañuelo, húmedo entre sus temblorosas manos.
- La virgencita quiera que yo pueda tener un amor así , ¡Padre, padre, padre!, y se retiró casi corriendo.
El silencio era tan profundo, que hasta podía percibirse el crujir de sus enaguas almidonadas.
Cuanta pena sentí. Solos en la sala quedaron el hombre y la anciana. Ella puliendo un platito del juego, comos si no hubiese oído la discusión.
De pronto algo pertubó la quietud y se escucharon unas lejanas voces juveniles.
Ladislao … Allá voy Camila…
Los ojos de él brillaban, y preguntó: - ¿Margarita escuchaste voces?, ella contestó temerosa,-No mi señor, nada, nada, nada mi señor-.
El restaurador giró sobre los talones de sus altas botas. Con paso decidido salió, y ordinariamente con el torso de la mano secó sus ojos.

Recordar ciertos momentos me angustia, y como toda tetera anciana me canso, disculpen, pero creo que ya el sueño va llegando.
Rosario, 2009


 

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