Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Sobre Gatos y Destinos

 

por Paulina Riera

 

Versión para No Videntes     Dejar Comentario

 

 

La noche caía sobre la calle, leve y empecinadamente, como un polvo de ceniza decidido a absorber los colores de todas las cosas que tocaba.
Diez cuadras después, sólo emergían de la oscuridad las bolas luminosas y amarillentas de las lámparas y sus dorados reflejos, que se estiraban sobre el plano combado de la calzada solitaria.
Sólo se oían los pasos de la mujer: un par de tacones que marcaban el silencio como prolijas puntadas de costura sobre una tela. Su corazón latía algo acelerado, acompañando al rítmico sonido de los tacos. Los recuerdos de las últimas noticias alarmantes leídas en los diarios y reiteradas en cada flash informativo de la televisión, le hacían apretar el paso acrecentando ese temor que le trepaba ahora por sus piernas tensas, hasta humedecerle las palmas de las manos. Una de ellas, se aferraba al bolso que colgaba de su hombro; la otra apretaba, hasta asfixiar, el tembloroso tintineo de las llaves de su casa.
“Debí haber tomado un taxi”, se dijo, como auto reproche. Ahora ya era tarde. Por esa calle casi no pasaban los coches. “Ni la gente” pensó con creciente ansiedad.
Algo hacía que esa noche se sintiera especialmente desprotegida. Algo así como un presentimiento, como la sensación angustiosa de un nudo corredizo en su garganta que a cada instante se apretaba más y más.

Él era casi un niño. Sus desgarbados pasos, amortiguados por las gastadas zapatillas, venían en sentido contrario por la misma calle. Su andar vacilante era el reflejo exacto de su estado de desnutrición sumado a los efectos del alcohol y el blanco veneno que aspirara. Empezaba a sentir que iba perdiendo las sensaciones estimulantes que le despertara, porque la dura realidad se le hacía, de nuevo, presente. La podía oír, corriendo detrás de sus talones, tratando de alcanzarlo. Aceleró el paso y sus dedos delgados y temblorosos tantearon la navaja que dormía en el bolsillo. Allí estaba, con su frío metálico y su dureza tranquilizante. Recorrió con la mirada desesperada y angustiosa, la calle solitaria, buscando la imagen salvadora de alguna posible víctima. ¡Qué importaba si había que matar! Su suerte ya estaba jugada hacía tiempo. El destino le había asignado los dados vacíos de números y a él le tocaba caminar a contramano de la vida. Todos los obstáculos lo embestían y él sólo tenía, para avanzar, el abrirse paso con esa navaja. Y así sería hasta que su mala estrella dijera “basta”. Porque él sabía que su vida era corta. También que ahora necesitaba con urgencia apagar ese fuego que le subía desde las entrañas.

El encuentro era inevitablemente inminente .
Ella cruzaba delante de un tapial desgastado. De pronto, como nacido de la noche, un gato negro saltó delante de sus pies y quedó allí, parado, arqueado el lomo, ondulante la cola, con los ojos iluminados flotando entre la negrura del brilloso pelo satinado.
La mujer contuvo un grito y quedó paralizadamente quieta por un instante. Los consejos de su abuela sobre nunca romper la suerte, como una flecha de luz atravesaron la oscuridad de la noche. Y no quiso que el gato negro le cruzara adelante. Entonces giró, empujada por la adrenalina como si un viento inflara su , cruzó la calzada y, decidida, dobló la esquina cambiando de calle y de destino.

El gato todavía estaba en la , lamiéndose la cara, cuando se acercó el joven silencioso, con su paso cansado de tropezar penas y su rumbo sin norte. Al verlo, le dirigió un lastimero maullido. Él muchacho pareció despertar a este llamado. Y agachándose, alzó al gato que pareció mimetizarse debajo de la gastada chaqueta negra.

La calle volvió a quedar solitaria. Pero ahora estaba iluminada porque una insólita luna llena acababa de aparecer en el cielo.
Santa Fe, 2009


 

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Lunes 15 de Octubre de 2018

 

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