Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Palomas al Atardecer

 

por Paulina Riera

 

Versión para No Videntes     Dejar Comentario

 

 

Ella salió a la calle, boqueando soledad, hacia la entrepierna abierta de la tarde. Caminaba lento, bamboleando búsquedas cansadas, esquivando mecánicamente las baldosas rotas, los burdos desniveles del asfalto. Iba absorta, enumerando mentalmente las tres actividades que había planeado hacer: comprar dentífrico (el que estaba usando ya tenía menos de la mitad), leche y una lata de tomates. Nada más hacía falta. En su último repaso por heladera, baño, lavadero y despensa, sólo éso faltaba. Ella sola gastaba muy poco. Y por más que buscara había tardes en las que no encontraba nada para comprar.
No quería revisar en los arcones interiores. Allí sí habría artículos que necesitaba, pero no los vendían en ningún negocio.
Tomó aire, inflando sus pulmones, como para llenar de oxígeno sus vacíos y lo fue exhalando, en un largo suspiro, como quien arroja de sí ingrávidas partículas de tristeza.
Con fuerza se aferró al carrito del Supermercado y empujó hacia adelante.
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Él miró, una vez más, la larga lista de los análisis que le devolvía el doctor.
Le costaba creer lo que éste le decía: ninguno indicaba dolencia alguna. Y, sin embargo, los mareos seguían, con esa sensación de peso sobre las sienes y esas puntadas como puñales que le atravesaban la cabeza y no se iban. Por más que tomara remedios, esos dolores no le daban tregua.
El médico, indiferente, sonreía.
Voy a ir a otro especialista, pero con ése ya serán diez los consultados calculó mentalmente Esteban. Y se dispuso a escuchar, con paciencia, los reiterados consejos que ya le dieran otros doctores: “La soledad no enferma si usted sabe ocuparla”...
Ahora, recordaba todo esto, sentado en el banco de la plaza, mientras arrojaba pequeñas migajas al suelo y un revolotear de palomas se le acercaba, como cada tarde.
Era el único momento del día en que se relajaba y lograba sentirse algo aliviado.
El golpe seco de un cuerpo que caía hizo, de pronto, que las aves levantaran vuelo y desaparecieran.
Una señora, ya mayor, estaba de rodillas sobre la tierra llena de guijarros con un gesto de dolor en su rostro. A su lado, una caja de dentífrico aplastada, una de leche en similar estado y una lata rodando.
Disimulando su disgusto por el alejamiento de las palomas, la ayudó a levantarse y a sentarse en el banco.
La rodilla derecha sangraba bastante y Esteban, sin pensarlo dos veces, sacó su pañuelo y lo mojó en una canilla cercana. La mujer, agradecida, se lo colocó en la rodilla y trató de limpiarla. Esta operación se repitió varias veces hasta que estuvo libre de tierra y sangre.
- “Va a tener que quedarse un rato sentada”, susurró Esteban, identificado con todo mal físico que supusiera dolor.
Durante un rato se escucharon solamente a los pájaros. Al atardecer, renovaban con brío sus cantos, como adelantándose a compensar el silencio obligado del descanso nocturno.
Las palomas habían regresado y picoteaban la tierra casi al lado de los gastados zapatos del hombre, quien, al entender este callado pedido, arrojó una nueva andanada de migajas. Las aves los rodearon y, confiadas, se posaron, algunas, en el asiento descolorido de la plaza.
Ahora ella, insólitamente, había sonreído. Y él se animó a ofrecerle un puñado de migas para que lo esparciera al viento.
Durante un largo rato el parque fue una fiesta de vuelos y de trinos.
Cuando el sol comenzó a debilitarse, él le comentó, como al pasar, que, si quería, podía volver mañana. Ella, al irse, lentamente, caminando con dificultad, balbuceó que sí, que bueno, que podía traer el mate.
La tarde se recostaba ya sobre los burdos desniveles del alfalto, se filtraba, generando sombras, sobre las rotas baldosas de las veredas, cuando ella abrió la puerta de su casa.
Y fue, directa y sin renguear a la cocina, para mirar si en la despensa tenía azúcar, yerba, y controlar el estado del termo, la bombilla y el mate. Después, abrió su agenda y, debajo de las únicas palabras “comprar leche” que tenía escritas para el día siguiente, agregó con letra firme:
“Dar de comer a las palomas. Llevar mate”.
Santa Fe, 2009

Libros publicados: “Dibujar con palabras” (Poesía), “Palabras que respiran” (Poesía). El 13 de junio la Asociación Santafesina de Escritores le otorgó una Mención en el Certamen para Poetas del Litoral Fluvial “José Rafael López Rosas” por su libro “Mas acá de las palabras” (Poesía).


 

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Lunes 15 de Octubre de 2018

 

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