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La Melchora

por Nilda Correas de Vasconi

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Para Katty Stánich que supo despertar en mi la inquietud por un personaje tan singular.
¿Quién fue la Melchora? ¿Fue presencia física o pura invención? Así se cuenta su historia. Un personaje que nunca tuvo edad, pero vive en la memoria de quienes la conocieron.

Tilcara tiene un lugar silencioso y agreste, misterioso y mágico. Trepando por un sendero empinado comenzamos a recorrerlo participando del colorido de sus cerros y gozando de un perfecto silencio. Ese sitio de ensueño se llama Malka.
Y la Melchora eligió a Malka para pasar su vida como el mejor refugio para alejarse del movimiento de las calles del pueblo. Allí, en su pequeño y humilde cubículo, la Melchora dejaba pasar el tiempo junto al Moro, su perro guardián.
Sí, era sabido que en su juventud vivió con sus padres en Huchayra donde había nacido, ayudando en la pequeña finca y también a su mama en los quehaceres de la casa.
Por esos años, conoció un chango de su misma edad que le prometió casamiento y luego la abandonó por otra mujer.
Al perder a su pequeña hija en un momento en que la amamantaba, la Melchora sintió que todo su amor quedaba despedazado y una mañana de sol fuerte, se fue de su casa para no volver. Nadie la buscó y, deambulando y durmiendo entre los cerros, recaló en Tilcara y llegó hasta Malka donde se quedó para vivir en soledad.
Porque la Melchora tenía muchas rarezas, pero su alma muy blanca sabía valorar los sitios donde la Pachamama puso su nota manifiesta. La belleza agreste de Malka y su silencio y con aquel cardón pasacana que nació para carcelero protegiendo con sus brazos el lugar, le daba un encanto especial, sobresaliendo por entre matas y plantas rastreras.
Allí, en ese lugar de luces y sombras y desde siempre, vivía la Melchora en su refugio, que ni siquiera llegaba a ser un rancho, solita ella y su alma pura, junto al Moro, su único y fiel amigo.
Cuentan que sus salidas especiales eran los domingos por la mañana, cuando las campanas de la Iglesita tañían llamando a la Misa primera. Entonces, ella abandonaba su pobreza para ir a sentarse en el umbral de la Iglesia.
Ese día se levantaba muy temprano y se la veía bajar del cerro lentamente, cargada con una sartén con grasa, unos leños a sus espaldas, una canasta con unos bollitos crudos preparados unas horas antes, junto a un tacho conteniendo el relleno.
Mientras en la iglesia la Misa era seguida por los fieles devotos rezando y sintiendo al Diosito que llegaba, y, ofreciéndose bendecía, la Melchora preparaba los leños para calentar la grasa.
Una vez finalizada la Misa, los feligreses ser le acercaban. Ella tomaba un bollito y lo aplanaba en su rodilla, colocaba un poco de relleno y, con su dedo ensalivado lo cerraba haciendo en el aire la simpa. Y…a la grasa caliente para el bocado.
Era éste su medio de vida; no pedía limosna sino que ganaba su sustento con dignidad. Acabado los bollitos y el relleno, la Melchora volvía a su rancho donde Moro, su perro, la esperaba montando guardia.
Pero también la Melchora tenía otra ocupación: tiraba la coca, para el bien o para el mal. Nunca callaba ante la lectura de aquellas hojas elegidas que le respondían para el presente o para el futuro, o también para el daño cercano o lejano, para la buena noticia, un viaje inesperado o una respuesta importante, como una enfermedad u otra desgracia no esperada, como una disputa o el nacimiento de un chango o la buena cría de las ovejas. Pedía las fechas porque miraba siempre la luna y enseguida daba la respuesta de cuando se produciría.
La Melchora nunca callaba y nunca se equivocaba. En pocas y precisas palabras, daba la respuesta que leía en esas hojas verdes que derramaba sobre la sucia mesa. ¿Quién le habría enseñado?
Frente a una vela nuevita que debía traer quien la consultaba y encendía al momento, daba las respuestas. También las guaguas eran curadas de la ojeadura, la pata de cabra, o el empacho.
Curaba en todo momento a los niños, sobre todo cuando había fiebre de por medio, dando de su finca los yuyos que necesitaban: té de poleo, paico o ruda macho si la ojeadura era muy grande.
Pero la tirada de la coca, sólo la hacía los martes y viernes; y cuando era “de apuro”, entonces las tiraba a las doce de la noche para “agarrar el número impar”, según decía.
En el pueblo todos la conocían, todos la consultaban y la consideraban. Su figura era advertida desde lejos. Su cuerpo no sabía lo que era el agua, ni siquiera en su pelo negro como el ébano que sujetaba en dos trenzas en forma de rodete y llevaba atado en la nuca. Su ropa era la de siempre y su falda de picote, descolorida por el tiempo, ya era historia de manchas y remiendos. Un poncho de tantos años la abrigaba de las inclemencias del tiempo. La Melchora no tenía edad.
Allí, en la puerta de la Iglesita, cada domingo, la Melchora tenía sus clientes: para las empanadas y para la concertación de las consultas. Siempre llegaba algún cerrero que había perdido un animal, o para preguntar si la cosecha iba a ser buena; también por el atraso de la parición; otros querían saber por una enfermedad declarada o el amante ausente, una pelea entre novios o algo perdido que no se encontraba. Todo pasaba por las manos de la Melchora que tiraba la coca ante la vela que iluminaba la respuesta. Y todo se cumplía.
Nunca cobraba y recibía lo que le dieran: un puñado de maíz para el guiso, un plato de locro, una tortilla, un pedazo de pan…
Y así pasaba su tiempo, entre soles y cielos estrellados, primaveras tiernas y veranos lluviosos; pero siempre en el silencio y el misterio del rinconcito de tierra que había elegido para vivir.

Fue para un domingo de octubre cuando los fieles entraron a la Iglesia y se extrañaron al no ver a la Melchora sentada en su lugar de siempre. Ese día, su perro, que nunca la acompañaba, apareció en el lugar donde su ama se sentaba cada domingo. Sus ojos tristes y sus orejas caídas, presagiaban que algo había pasado.
Un grupo de quienes la frecuentaban, se llegaron hasta su cubículo. Tendida en el catre, junto al Moro que la velaba, la Melchora, en el silencio y la soledad en que siempre vivió, había entregado su alma blanca al Diosito. Entristecidos por esta pérdida, fueron hasta el cementerio y cavaron una fosa para enterrarla, entregándole su cuerpo a la Pachamama.самостоятельно балансировки электрический скутер
La noticia corrió y corrió. Se dijeron muchas cosas, entre ellas, la de una mala respuesta que las hojitas le dieron a una enamorada que había perdido a su amado cambiándola por otra mujer. Se habló de un campesino que la mató luego de una noche de juerga entre vino, cartas y mujeres. Pero la más creíble de todas, fue la de un forastero que anduvo caminando por Tilcara en busca de la Melchora, y que entre los chismes del vecindario decían era el hombre que la había engañado.
Todo se dijo y más… pero la Melchora, inocente y sucia, solitaria y tranquila, se fue una mañana de octubre, cuando el cardón carcelero abría sus brazos brindando sus blancas flores. Estoy segura que desde el diáfano cielo sin nubes, la Melchora le envió una sonrisa.
Rosario, 2009

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Martes 19 de Septiembre de 2017

 

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