Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

La Flor en el Desierto

 

por Ernesto Del Gesso

 

Versión para No Videntes     Dejar Comentario

 

 

La estancia “Las Colmenas”, estaba ubicada en una provincia fronteriza de un país sub tropical de Sudamérica, el puesto oeste, distante 40 kms. del casco, lindaba con un desierto. De allí, salieron al amanecer, con la fresca, don Pedro, el puestero y Juan, su hijo mayor, en dirección al poniente, zona árida, que nunca deja de ser peligrosa, pero no se podían perder diez animales más. La sequía ya había causado mortandad, así que cargaron las mulas con abundante agua y provisiones. La búsqueda de animales alzados era común, pero en este caso, extraño. Las huellas de las cabras enfilaban hacia donde los animales no ingresan. Don Pedro daba por descontado que huyeron despavoridas de algún puma o zorro. Los despidió el resto de la familia compuesta por Doña Jacinta, esposa de don Pedro, madre de Juan, otros dos hijos varones y Teresita, la menor.

El hombre y el joven avanzaban en silencio siguiendo sus sombras dibujadas en la tierra reseca, por el sol a sus espaldas. Avanzaban con la vista clavada en el horizonte. Teresita sabía esto. Cuando acompañaba a la familia nadie se daba vuelta, por eso, a regular distancia, montada en su burrito, al que llamaba orejita, los seguía confiada. Era una travesura propia de la ignorancia del peligro. Se sentía segura porque muy cerca estaban su padre y su hermano mayor, que le darían la protección que siempre le brindaban, y de la que sabía sacar buen provecho en el humilde hogar.

Después de un tiempo de andar, Teresita observó que su padre y Juan se separaban por lo que intuyó que habían encontrado las cabras u otro animal. Así era y ocurría en momentos que comenzaba a soplar viento. Don Pedro se apeó ante una cabra que yacía en el suelo. Juan pronto encontró al grupo que por costumbre se dejó arrear con facilidad. Pero el desafío a la tormenta fue ganado por ésta que los envolvió en la polvareda dejándolos a oscuras con imposibilidad de abrir los ojos. Teresita, intentó acercarse a su padre y lo llamó a gritos, pero el remolino no dejó pasar su voz y la tierra también la envolvió.

Por suerte para todos estas tormentas no son de gran duración, aparecen en forma intempestiva con fuertes ráfagas que de a poco van perdiendo fuerza. El polvo en suspensión, a medida que el viento amaina su fuerza, vuelve al suelo. Son breves, pero generan pánico sobre los animales que se espantan. Don Pedro quedó a pie al espantarse la mula a la que terminaba de acomodarle a la grupa la cabra yaciente. Lo mismo le pasó a Juan con la suya, de la que se había apeado para tratar de rodear con la soga del lazo a la pequeña tropilla para que no se disperse, operación que las bestias por instinto de conservación aceptaron pasivamente. A Teresita su burrito no la volteó pero trotó asustado un buen trecho. Todos quedaron dispersos. Al cabo de un tiempo los llamados de don Pedro y Juan se cruzaron y pronto se encontraron e iniciaron el regreso a pie con los animales recuperados. Ignoraban que Teresita estaba en el desierto, vagando sin rumbo fijo.

Después que pasó la furia de la tormenta, doña Jacinta salió a buscar a Teresita que no aparecía por los alrededores de la casa. Los dos hijos varones hacían lo mismo con dirección al desierto para tratar de ubicar al hermano y el padre a los que no tardaron en encontrarlos en camino de regreso. Montados en los animales llevados por los chicos la vuelta se hizo corta, pero la esperada alegría del encuentro con la niña y la madre, se transformó en pesar. Doña Jacinta lloraba desconsolada por la desaparición de Teresita, a la que un paisano la había visto rumbear para el oeste. Pronto partió toda la familia a buscarla.
Casi al anochecer, en un alto por los animales agotados y acallados los gritos de búsqueda, reunidos en silencio, observaron que las mulas levantaban sus hocicos olfateando, una rebuznó y tuvo respuesta. Alzadas las vistas vieron levantarse de una hondonado al burrito y a Teresita.
Después de los abrazos y las lágrimas, la niña sorprendió a todos, pidió llevar la flor.
¡Qué flor le preguntaron todos al unísono.
Ésta, aquí está, ¿la ven?
El coro que preguntó quedó mudo. Los chicos se arrodillaron para verla más de cerca por la poca luz que se iba perdiendo. Doña Jacinto pidió un cuchillo a los hombres para desenterrarla y una manta hizo de maceta. Nadie dijo más nada todos montaron y emprendieron la vuelta al puesto, cena sin muchos comentarios y noche de largo descanso. Todos despertaron cuando el sol ya había avanzado bastante de su naciente. La mañana presentó el regreso de las dos mulas espantadas en la tormenta. La de don Pedro traía cargada la cabra levantada, ya muerta. Carne para los perros y un buen cuero.

El desayuno fue largo y el centro de atención fueron los relatos de Teresita. Su mamá le recriminó la travesura. Don Pedro, no dijo nada, la nena era asunto de la madre. La niña se disculpó alegando que lo hizo para poder conocer el desierto del que tanto le habían hablado y nunca la dejaban ni siquiera acercarse. Detalló la experiencia vivida con lujo de detalles. Confesó que se sintió muy asustada y con mucho miedo durante la tormenta aferrada a orejita que corría de un lado para otro desorientándola. Pero en ese andar incierto destacó que descubrió la flor.

Por la descripción que hizo se puede inferir que la flor estaba erguida, esbelta, cuya figura la hacía parecer orgullosa y consentida reinando en la inmensidad del desierto, reino al que la naturaleza, por paradoja, no le permitía crecer ningún súbdito. Era reina del todas las flores y de ninguna. La familia seguía sorprendida por el hallazgo, la niña lo comprendía porque alguna vez había escuchado que en el desierto no crece nada. Además, destacó que era más grande y diferente a las pocas florcitas salvajes del matorral y pronto fue a plantarla y regarla. .




Contó que salto a tierra para observarla mejor, la contempló durante largo rato y cuando el burrito torcía su cabeza hacia la odre de agua, después de beber, la regó. Fue allí donde bajada la tensión, el cansancio la durmió. El animal sufrió el mismo efecto hasta que fue despertado por sus congéneres. Después del relato y la repetición del peligro de ir sola al desierto por parte de doña Jacinta, todos comenzaron sus diferentes quehaceres.

En esos días don Pedro estaba de muy buen humor por las ventas en la feria. Braulio, el capataz de la estancia, lo felicitó por la buena crianza del ganado a pesar de la poco agua caída y le pagó una comisión significativa. Todo esto era en beneficio de su familia por la que trabajaba de sol a sol para mantenerla lo mejor posible en aquel medio tan duro para vivir, pero no pretendamos que con tal preocupación, se haya fijado en la nueva flor que lucía en los canteros. Juan, tan rudo y trabajador como su padre, a diferencia de éste que se había criado guacho, tuvo una madre que lo educó, podía comprender más la sociedad familiar en las que, naturalmente hay mujeres, y ahora sabía el valor que tenía una flor para ellas, y no la ignoraba cuando pasaba por donde estaba plantada.

Eran los últimos días del verano por lo que llegó al puesto Jorge Pérez, el maestro del gobierno que daba clase en el casco de la estancia. Venía a motivar a los niños de la zona para que se preparen para ir a la escuela. Cuando Juan era niño no había maestro, pero su madre, que aprendió a leer y escribir con la niña de la que era niñera en una estancia en la que trabajaba, logró que leyera y escribiera a igual que José, el segundo de los hermanos que fue un tiempo al aula y abandonó. El varón más chico, Jacinto, ya había ido el año anterior y este año seguiría con la compañía de Teresita que acababa de cumplir 7 años e iría por primera vez. Llegó el día y allá fueron. Se quedarían en la estancia a vivir y vendrían de vista al puesto periódicamente.

Luego de unos días en la escuela Teresita encontró un momento oportuno para contar al maestro su historia de la flor, la que nunca dejaba de recordar. La intención era que Jorge Pérez le explique porqué pudo crecer la flor en el desierto, descontando que debía saberlo por ser maestro. El docente se mostró extrañado y dudó que la niña realmente hubiese encontrado una flor en ese lugar, pero Jacinto corroboró la historia por lo cual ensayó una hipótesis que fue la de un animal muerto que fertilizó un pedazo de la árida tierra. Jacinto acotó que su mamá le pone bosta de los animales a la tierra para fertilizar y hacer crecer las plantas, causando la hilaridad de los compañeros.

En el aula, aparte de los niños había algunos alumnos adultos, entre ellos Braulio, el capataz, que advirtió que la carne de los animales que mueren en el desierto quedan al intemperie y son rápidamente devorada por los buitres, otros roedores y la poca que queda el sol la reseca, así que no fertilizan la tierra. El maestro aceptó la observación del hombre del lugar e intentó defender su opinión, señalando que podría fertilizar si el animal fuese enterrado.
¡Quién va a enterrar un animal en el desierto! fue la rotunda afirmación de otro
alumno, un muchacho ya mayor. Tras las risas, se escuchó la campana de la cocinera que permitió zafar a Pérez de la difícil situación, porque ese y cualquier tema que se tratara, quedaba postergado por el llamado al comedor.

Braulio, a raíz del tema de la flor en el desierto, recordó que no hacía mucho, en un boliche de un pueblo, unos peones de otra estancia se rieron cuando uno de ellos, entre copas y copas, dijo que Matienzo se dio el gusto de fertilizar el desierto, respondiendo a la mención que otro había hecho de esa persona. El capataz había conocido a ese hombre y conversado con él en una visita que hizo a la estancia. Había sido contratado para estudiar posibilidades de riego y fertilización de la tierra, pero no volvió más. En la región se lo dejó de ver y una vez llegó la policía a preguntar si sabíamos algo de él porque desde su ciudad requerían noticias de esa persona. El capataz se hizo una pregunta ¿No lo habrían matado y enterrado? Pero se asustó de tan terrible idea y la abandonó.

Unos días después, tratando cuestiones de la estancia, en la oficina de don Manuel, el administrador, vio unos diarios viejos en los que estaba la foto del tal Matienzo y un artículo sobre la incógnita de su desaparición. Esto lo motivó a contar la conversación que escuchó en el boliche. Don Manuel se interesó y prometió hacérselo saber al Jefe Policial de la zona porque se comentaba que unos cuatreros habrían matado a un peón de una estancia. Se suponía que los encontró arreando el ganado faltante que estaba buscando. En un lugar donde se cree fue el crimen, se encontraron sangre y elementos de la víctima, pero nunca su cadáver, y se piensa que lo deben haber enterrado en el desierto. Braulio, salió por un lado satisfecho de que no había elucubrado ninguna idea loca y por el otro muy preocupado por si era factible.

El encuentro entre el administrador y el Jefe Policial se produjo por razones de trámites rutinarios, pero don Manuel no olvidó el tema planteado por Braulio. El Jefe Policial guardó silencio y confesó, con la disculpa de no haber estado en funciones en la época del caso Matienzo, que no había relacionado aquella desaparición con la del peón.
¡Claro que a los dos los pueden haber enterrado en el desierto! Pero... ¿Cómo los encontramos? Se preguntó.
Vea, dijo don Manuel mi capataz me contó que la relación que hizo fue porque una nena de la escuela encontró una flor en el desierto, que puede haber nacido por el abono que produce la descomposición del cuerpo enterrado en el lugar.
Basta, es suficiente, a partir de este momento voy a encarar la investigación en base a esta relación -dijo con firmeza el Jefe Policial levantándose de su sillón.
Don Manuel miró con preocupación al Jefe Policial, que captó el mensaje de la mirada y lo tranquilizó, manifestándole que no se preocupe, que no los comprometería a él ni a su capataz, pero de éste último necesitaría información y colaboración.

Braulio iba periódicamente a ese pueblo donde escuchó la conversación y era conocido como parroquiano que después de sus ventas y compras en el lugar iba al boliche. Así lo hizo una vez más, pero en esta oportunidad, aparte del solaz, cumpliría con la misión de trata de ubicar al grupo y más exactamente al que mencionó lo de fertilizar la tierra, del que recordaba, las profundas huellas que presentaba en ambas fases de la cara y un prominente mentón. No le costó mucho trabajo, ya había dos de ellos y luego llegaron otros y entre ellos el que esperaba ver. Una parte de su gestión estaba concluida. La otra exigiría mucho tacto para lograr que, en oportunidad de la visita de los niños a sus hogares, él fuera con Jacinto y Teresita al puesto y allí tratar de convencerlos para que lo acompañen al lugar donde la niña encontró la flor.

Ya en el puesto, Braulio, insistió en conocer el lugar donde nació la flor en el desierto. A Teresita le encantó la idea y don Pedro para no contradecir a unos de sus jefes capataces la apoyó. En el lugar sólo se observaba una leve coloración más oscura de la tierra que la del contorno. Fue todo lo que vieron diferente en medio del desierto. Braulio disimuló muy bien ante Juan que los acompañó, el escaso producto del viaje haciendo bromas al muchacho, a Teresita y Jacinto.
En la siguiente visita su casa, Teresita y Jacinto convencieron a José para que los acompañase hasta el lugar de la flor para ver si había nacido otra. Llegados al lugar, ¡Oh sorpresa! Encontraron un pozo grande. ¿Quién pudo haber venido a cavar aquí? ¡Braulio! Gritaron Teresita y Jacinto. El asunto de la flor del desierto, se tornaba ahora muy misterioso. José comentó el asunto a Juan y éste a su padre, agregando que por algo el capataz Braulio quiso ir al lugar. Así que por curiosidad, Juan acompañó a los chicos a la escuela para hablar con el capataz.

En la estancia lo recibió el maestro Jorge Pérez que lo saludó con efusividad, lo felicitó y mando a llamar a Braulio. Primera sorpresa de Juan que no atinó a preguntar porqué la
felicitación y extrañeza del llamado al capataz pues no había manifestado el motivo de su visita. En el ínterin de la espera escuchó la información de que Jacinto aprendía con facilidad y que Teresita hacía bien sus primeros palotes. Llegado Braulio, recibió nuevas manifestaciones efusivas. Cuando empezó con los rodeos para explicar la razón de su visita, recibió un ya sabemos y fue invitado a ir a ver al administrador. A pesar de la cordialidad con fue recibido, Juan cada vez se preocupaba más.
Otra sorpresa fue el asombro que manifestó don Manuel, que le preguntó cómo se había enterado, porque los diarios habían llegado recién esa misma mañana.
Desconcertado el muchacho respondió:
Yo de los diarios no se nada, yo vine a ver a Braulio por el pozo donde estaba la flor.

¡Ah! Fue la respuesta de los tres y don Manuel, sabiendo que el joven sabía leer, le extendió el periódico señalando un artículo a dos columnas. El título se refería a la aclaración de dos crímenes en la zona. El contenido detallaba que todo se aclaró tras la exhumación en el desierto del cuerpo de Conrado Matienzo desaparecido en la zona a fines del año pasado y la detención y confesión de una banda de cuatreros que lo habían asesinado cuando les preguntó porque llevaban ganado de diferentes marcas. Lo mismo habían hecho con Anselmo Luna, un peón de la zona, también enterrado en otra parte del desierto, cadáver que también fue encontrado. La información se amplía señalando que la investigación partió a raíz de una flor nacida en el desierto, raro fenómeno en la árida zona, producto de la fertilización de la tierra por el cuerpo humano enterrado en el lugar perteneciente al mencionado Matienzo. El texto terminaba haciendo mención a una niña, hija del puestero oeste, de la estancia “Las Colmenas” que concurre a la escuela instalada en el casco, llamada Teresita Bravo quien descubrió la flor en el desierto.
Fin.

 

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Lunes 15 de Octubre de 2018

 

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