Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Noche de Luna

 

por Sheena Kloster

 

Versión para No Videntes     Dejar Comentario

 

 

Era una noche esplendente de 1.925, con una luna enorme y redonda que derramaba torrentes de luz sobre la dormida ciudad de Rosario. En la burguesa casona del boulevard Oroño no había nadie. Era sábado y los señores habían acudido a una velada de gala en el teatro.
Todo permanecía en orden.
Dormía la fuente en el jardín; dormían el perro y el gato sobre la alfombra y dormían hasta los habitantes sonoros de la casa, sobre todo las ruidosas cacerolas de la cocina. Sólo el reloj de la sala hacía oír despacio su monótono tic-tac. Todo dormía envuelto en su manto de penumbra.
Todo… menos Fanny.
En una habitación del piso superior, había mucha actividad. La joven mucama estaba sentada frente al regio toilette de la señora. A su lado, sobre la alfombra, estaban su cofia y su almidonado delantal blanco. La rodeaba un colorido desorden en el cual había plumas, sedas, zapatos. Cada tanto, apretaba algún vaporizador de perfume, a veces en su cuello, a veces en su muñeca. No era raro que los fines de semana, aprovechando la ausencia de los dueños de casa y demás criados, Fanny se dedicara con más tranquilidad a su actividad favorita: admirar el guardarropas de la señora Laura, sin atreverse a tocarlo, casi con veneración, sólo que ésta vez, un poco por el frío y otro poco por curiosidad, se le había ocurrido probar el whisky escocés, y se sentía especialmente entusiasmada. No podría decirse que estaba ebria… pero tampoco que estaba sobria.
¡Qué delicia y qué tranquilidad! Nadie, no habría absolutamente nadie hasta muy entrada la madrugada.
De no mediar el escocés, Fanny no se hubiera atrevido. Pero le producía un calorcito amigable, casi compañero… y bebió otro sorbo. Se probaría el vestido color cereza, y los sombreros, y también el tapado de piel que el señor había comprado en París para su esposa como regalo de cumpleaños.
Lo único que lamentaba era que Víctor, su amante, no podría venir a verla aquella noche… justamente aquella noche de luna tan bonita… ¡Su Víctor, que tantas veces llegaba escondido a visitarla sin que nadie lo supiera! Víctor, que trabajaba tan duro, con la esperanza de reunir el dinero para casarse… diariamente abordaba la recién inaugurada “K” desde su barrio para llegar al centro, siempre con la esperanza del progreso. Ambos eran de nobles sentimientos, su única “deslealtad” consistía en ésas citas a escondidas que su urgente pasión juvenil no podía ni quería evitar… pero ésa noche de luna, Víctor había sacrificado su cita romántica para llevarse trabajo extra de la oficina a su casa. “Lástima”, pensó la chica y se pasó la barra de rouge por los labios preguntándose cómo le sentaría con el vestido azul. ¿Lo combinaría con ése color la señora? Así pasó largo rato, probándose y coqueteando con su propia imagen, sabiendo que sólo era una noche de fantasía y que por la mañana, la carroza de sus sueños se convertiría en una calabaza, que probablemente debería entregar a la cocinera.
¿Notarían si bebía un poquito más de whisky escocés?
Dio unos pasos para contemplar cuánto tendría que ordenar después y entreabrió la ventana para respirar el aire que llegaba perfumado por el magnífico jardín. Enfrente, se erguía otra casona. Ana, la criada de la familia vecina, le había comentado que a veces la niña de la casa desaparecía de forma misteriosa, sin que nadie la viera salir, para después aparecer misteriosamente. La servidumbre decía que las casonas de Oroño se comunicaban por secretos pasadizos subterráneos, que cruzaban las calles, se ocultaban detrás de los muebles, se mezclaban en intrincados laberintos donde por las noches se ocultaban fantasmas, pasiones oscuras y hasta crímenes.
Pero era una noche iluminada como ninguna otra, y Fanny desechó de su cabeza las historias escuchadas. Absorta, volvió los ojos al estuche donde estaba el collar de chispas de diamantes que había pasado de la abuela a la madre de la señora. Ésta, a su vez, lo legaría a su hija cuando cumpliera quince años.
Venciendo el temor, completamente eclipsada, Fanny abrió con osadía el estuche y allí estaba, deslumbrante, el precioso collar que deseaba sentir sobre su cuello aunque fuera solamente una vez en su vida.
Al exponerlo a la luz, se descompuso en mil pequeños arco iris. Fanny nunca había visto algo tan brillante. Hipnotizada, lo abrochó a su cuello. Se miró en el espejo y éste le devolvió una imagen de princesa. ¿Quién podría descubrir en ella a una simple mucama? Era joven, era bonita, y sólo la valiosa joya podía marcar la diferencia entre ella y la señora Laura, porque, cuando las chispas rutilantes se dormían en la oscuridad del estuche, Fanny sabía que ni los cisnes de los finísimos polvos ni los sedosos rouges podían devolverle a la dueña de casa los perdidos veinte años.
Vanidosa, se refocilaba en sus pensamientos y éstos la llevaban a imaginarse entrando triunfal al teatro, una noche de luna como aquella…
De pronto escuchó un ruido. El gato o el perro habrían despertado… pero no… ésos pasos… ésos pasos eran los de Víctor… Víctor había venido y se había atrevido a entrar así, sin saber si estaban los señores, sin prevenirla…
Y para colmo de males, con el escocés había olvidado dejar las luces encendidas , y le dolía espantosamente la cabeza… Se deslizó en la oscuridad, hasta el largo pasillo, aún más tenebroso. Apenas pudo vislumbrar la silueta de Víctor.
-Víctor… Víctor, qué imprudencia… ¿por qué estás aquí?
Sea por el escocés, o por lo que fuere, que él verlo allí la rebosaba de alegría. No sabía por qué tenía tantas ganas de reír y bailar.
- Vení... ensayemos el vals … - dijo ella riendo sin poder contenerse.
Víctor le hizo señas para que hiciera silencio, la besó, atrayéndola y rodeando su cuello con las manos. Acto seguido, se retiró en silencio, tal como había llegado, dejándola dando tambaleantes vueltas en un desenfrenado y confuso vals. Fanny se detuvo y quedó perpleja durante algunos segundos. Luego, un relámpago de luz zigzagueó en su mente oscurecida por el escocés al comprender que en realidad sólo había visto la silueta de un hombre, que ni siquiera había escuchado su voz, y concluyó con horror que no era su amante quién la había besado. Aterrada, se llevó las manos al cuello, al mismo tiempo que los sonidos de la calle anunciaban el regreso de los dueños de casa y un alarido escalofriante seguido de un ruido seco, anunció la muerte. Fanny se había arrojado, ebria y desesperada, para caer entre las esplendorosas flores del jardín. Por los techos corría una sombra, un fantasma que se recortaba sobre la claridad de la luna inmensa: era Francisco Ortells, caballero, jugador y famoso ladrón de joyas. Dicen que en la noche esplendente algo relucía entre sus dedos, como si le hubiera arrancado al cielo sus estrellas… algo brillante, fulgurante… algo así, casi como un collar de chispas de diamantes.
Rosario, 2009


 

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