Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

La Calesita

 

por Silvia Del Curto

 

Versión para No Videntes     Dejar Comentario

 

 

Desde temprano había empezado Jimena a pedir que la lleváramos a la calesita. Fue durante un verano serrano. Habíamos decidido pasar nuestras vacaciones en Tanti, en la casa de los abuelos.
La calesita estaba en el pueblo y era, a decir verdad, bastante deslucida. Tenía unos pobres caballos-siluetas de madera , de ojos saltones, unos avioncitos sin gracia y dos o tres asientos cuyos laterales eran elefantes. No tenía espejo, ni paneles decorados, ni muchas luces, pero a los chicos parecía no importarles. Con el entusiasmo de siempre disfrutaban de los giros, a veces lentos, a veces más rápidos, de la música y del vejo y siempre jóven juego de la sortija. La tentación estaba allí, en cada vuelta y era más grande para los mayorcitos. La satisfacción de aquellos que la obtenían se veía reflejada en sus rostros y el premio al esfuerzo era una vuelta gratis.
Cuando llegamos, Jimena saltaba de excitación. Sacamos los boletos en una casilla pobretona que estaba al costado. Ese verano Jimena tenía cuatro años. Ya había andado en calesita, pero por primera vez estaba en una con sortija. Le llevó dos vueltas entender cuáles eran las leyes del juego: había que tratar de sacar de esa berenjena de madera que un señor movía de aquí para allá, una argolla negra. La atención de mi hija se concentraba ahora en la sortija. Ya quedaban en un segundo plano los caballitos y los autitos. Hasta los adioses de mamá que la buscaba en cada giro habían perdido interés. Después de varios “Chau Ji” sin respuesta me recosté sobre el alambrado a un costado de la calesita desde donde podía observar , no sólo a Jimena, sino también a los que llegaban y a los que esperaban, como yo, a que finalizara la vuelta. En ese momento la vi y no pude evitar un sentimiento de repugnancia y de piedad al verla bambolearse como una muñeca mal confeccionada. Su cuerpo pequeño era totalmente deforme y lo que más se desatacaba era una joroba prominente en la parte superior de la espalda. Era difícil adivinar su edad, pero sí se notaba por su cara y sus manos que era una mujer madura. El resto del cuerpo, aún monstruoso, parecía pertenecer al de una niña. Mis ojos pasaron de ese ser extraño a quienes la acompañaban. Un hombre y una mujer la llevaban de la mano, como ayudándole a caminar. La mujer era seguramente su madre porque se le parecía en algo: era alta, bien formada, de rasgos interesantes. El hombre, tal vez su padre, sí era extraño: delgado, muy delgado y con un rostro envejecido no por los años. Intentaba frenar mi curiosidad y dejar de mirarlos, pero una y otra vez mis ojos se volvían a la mujer-niña-enana-monstruo que ahora subía a la calesita ayudada por su madre. “Mamá” gritó Jimena, preparada para otra vuelta. Agité mis manos en un saludo distraído. Mis ojos volvieron a esa criatura que habían acomodado en un asiento con laterales de elefante. La calesita empezó a girar y la niña-monstruo levantó lentamente la mano como despidiéndose. No le pude ver la cara porque su asiento ya había empezado a entrar en la zona oscura para los que estaban ubicados como yo. Cuando la calesita la atrajo hasta donde estaban sus padres, un poco a mi derecha y la vi saludarlos con un adiós sin voz y una suave agitación de sus manos , me conmoví hasta las lágrimas. Su sonrisa no era la de una niña, ni siquiera pequeña como mi Jimena, quien con sus cuatro años “de adaptación” en este mundo, ya tenía la picardía de cómo hacerlo de la mejor manera y sacando el mayor provecho. Su cara dejaba traslucir la belleza indescriptible de la Pureza Absoluta. Una y otra vez la vi transformarse en la cosa más bella que una pueda imaginar.
El “mami, mami” de Jimena me sacó de mi no-presencia allí. Había terminado la vuelta y no me había dado cuenta. “¿Me comprás un helado, mami?” Empezó a tironearme hacia un puesto de helados fuera del cerco que circundaba a la calesita. No le contesté pero me dejé llevar por su manita llena de urgencias. Me alejé lentamente con Jimena fuertemente apretada de una mano y dentro mío, muy dentro mío, preguntas que aún no me he contestado y el recuerdo de una imagen única e irrepetible: la bella imagen del Espíritu Descarnado en el cuerpo de una niña idiota.
San José del Rincón 2009


 

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