Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Gracias, No Fumo

 

por Eddy Marcolini Pérez

 

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por Eddy MARCOLINI PÉREZ
Si bien recuerdo el día que llegamos a la granja de Josefa y Nicolás, tíos de mi madre, nunca pude olvidar el momento de regresar a nuestra casa. Una epidemia de tifus en el pueblo -en aquellos tiempo eran casi nulas las posibilidades de combatirla- nos alejaron de allí hasta que pasara el peligro de contagio. Los tíos nos recibieron con agrado. Mi hermano Ernesto y yo nos adaptamos rápidamente a sus costumbres.
Josefa y Nicolás que llevaban más de cincuenta años sobre sus vidas se hacían cargo de las múltiples tareas de la granja. Cuidaban de los frutales y atendían la gran cantidad de aves que eran su principal actividad. Nicolás distribuía periódicamente en los pueblos vecinos los huevos obtenidos. Por las noches, después de cenar ayudaba a Josefa con la limpieza de la cocina y mi hermano alcanzaba a Nicolás, que se sentaba en la galería, el tabaco y el papel guardados en un mueble del comedor para que armara sus cigarrillos. Sentado en el viejo sillón de madera contaba historias y entrecerraba los ojos disfrutando del descanso entre el humo que lo envolvía.
Teníamos en ese tiempo 12 y 11 años y pensamos que éramos ya grandes para experimentar el placer de fumar. Los tíos se levantaban muy temprano por lo tanto la siesta para ellos era de rigor. Ese era el momento para sustraer pequeñas cantidades de tabaco para que él no notara la falta y algún papel para el armado. Cuando tuvimos la cantidad suficiente nos ubicamos entre el espacio que existía entre dos galpones. En uno se guardaba el alimento para las aves y se almacenaban los huevos , en el otro, más pequeño, el forraje para el caballo que ataba el tío a la jardinera para el reparto. El lugar era ideal porque desde allí podíamos observar si alguien salía de la casa. Los cigarrillos resultaron bastante deformes, por cierto no teníamos la práctica de Nicolás para armarlos. Apoyamos nuestras espaldas en una de las paredes para sentir, por fin, el placer de fumar. Esa para mí fue la primera experiencia, no para mi hermano, según él conocía todo sobre el tema pues dijo que las náuseas y el mareo que yo había sentido pasarían la próxima vez y apreciaría el goce que hace tan dependientes a los fumadores.
Nos cuidamos para que los tíos no notaran en nosotros el olor a tabaco y comenzamos la nueva recolección de insumos para la siguiente fumata. El día elegido la llovizna nos impidió estar a la intemperie y nos decidimos por el galpón más pequeño, el del forraje. Cuando habíamos fumado la mitad de nuestros cigarros se oyó el chirrido de la puerta y apareció la figura de Nicolás.
-Ah, estaban acá nos dijo.
-Sí, por la llovizna respondimos.
No tuvimos tiempo más que para arrojar los puchos sin fijarnos adonde.
-Vayan a la cocina que Josefa les está preparando la merienda.
Salimos los tres del galpón y pasados algunos minutos un humo denso y oscuro comenzó a salir de allí. Al rato las llamas parecían lenguas de fuego lanzadas por algún maldito dragón. Josefa y Nicolás se desesperaron, el agua salía lentamente y en lugar de aplacarlo parecía avivar el fuego. Se acercaron algunos vecinos para ayudar pero ya todo estaba perdido. Mi hermano y yo llorábamos abatidos por la culpa.
La caja de fósforos, milagrosamente salvada mostraba entre los restos del incendio las primeras letras de la marca y fue quien nos delató. En medio de la desgracia lo bueno fue que el fuego no alcanzó al depósito de los huevos. Nicolás tuvo que ser llevado al hospital del pueblo, afortunadamente no fue más que la crisis de nervios. La tía Josefa, siempre tan dulce se había endurecido de repente, reunió nuestras cosas y le pidió a otro de los vecinos que nos llevara a casa. Desde entonces no he vuelto a fumar.
Rosario, 2009


 

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