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El Último Recuerdo

por Asociación Tercer Milenio

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por Jorgelina PALADINI
El atardecer teñía de rojo los eucaliptos de la avenida que conducía a la vieja casona que, desde el fondo del camino, parecía un mudo testigo de la vida que se desarrolló dentro de sus muros durante más de tres generaciones.
Isidro Pereyra, caminaba bajo la sombra de esos árboles que conocían de sus paseos diarios acompañado por su bastón, tal vez innecesario, y por su viejo perro que seguía con paso cansado el andar del hombre. Ambos marcaban el mismo ritmo a sus caminatas, con descansos en los que los dos se detenían a mirar alrededor, tratando de descubrir algo nuevo en el paisaje bien conocido. Tenían la absoluta certeza de que nada cambiaría, ni el recorrido, ni el persistente sonido del viento creando una suave sinfonía entre las ramas, ni la llegada a la casa en la que serían recibidos por el silencio y la soledad. Él era el último sobreviviente de esa familia afincada en el lugar un siglo atrás. Volcó su vida en continuar la tradición de sus antepasados, dedicados al campo, formando parte de él, a punto tal que olvidó la suya propia, y cuando los años lo enfrentaron a ella descubrió que había quedado solo,office partition con sus recuerdos, con la nostalgia de un ayer sólo recuperado por la memoria y vivo entre las paredes de la casa, en cada árbol, en cada espacio de tierra trabajada y amada, tal vez sin tener absoluta conciencia de ello.
La costumbre marcaba cada una de sus acciones. Largas cabalgatas en las mañanas, por las tardes caminar por la avenida que lo llevaba hasta la entrada principal y lo traía de vuelta hasta la casa, sentarse frente al fuego de la chimenea, una hora de lectura antes de la cena con el perro dormitando a sus pies y luego la presencia, también silenciosa, de Martina, la vieja empleada, esposa del puestero, sirviendo una comida frugal que tenía más que ver con el hábito que con el deseo de alimentarse, y finalmente un generoso vaso de vino, espeso y aromático, que disfrutaba pausadamente antes de retirarse a dormir.
Pero esa noche, Isidro Pereyra no deseaba el sueño. Se quedó largo rato sentado en su sillón, perdidos sus pensamientos en un tropel de recuerdos que se hacían presentes y se desvanecían con la rapidez de un rayo. Se levantó y encendió las luces de la amplia galería cuyas paredes estaban completamente cubiertas de fotos familiares con imágenes conocidas y otras no tanto, serían quizás sus primeros antepasados que lo miraban desde ese rincón de la historia definitivamente guardado sobre un papel. Reconoció la figura adusta de su abuelo paterno, el que construyó esa casa y el que, cuando volvía de trabajar en el campo una larga y extenuante jornada, siempre tenía tiempo para subirlo sobre el lomo de la yegua alazana y llevarlo modern office furniture a recorrer caminos en un paseo que él sentía como una suerte de aventura expedicionaria. Recordaba esa cara que, ahora, sabía que debía ser de un hombre de mediana edad, pero que entonces tenía para él los años que demostraban sus arrugas y su piel curtida por el sol, ese abuelo que sabía de caricias y de historias de hazañas que quizás no tenían nada que ver con la realidad, pero que lo maravillaban. Allí estaban las fotos de su padre y sus tíos vestidos con sus ropas de trabajo, un duro trabajo de campo en aquellos tiempos. Sus hermanos jugando en la galería que rodeaba la casa. Ninguno de ellos estaba ya. Y la foto de su madre que lo miraba con esa mirada dulce que aún hoy, cuando cierra los ojos, descubre en la profundidad de sus pensamientos. Sólo él queda como testigo de lo que fue su familia y con él morirán todos ya que no quedará nadie que los recuerde.
Y esa noche, Isidro Pereyra, solo con su perro, se sentará nuevamente en el sillón de la vieja estancia, con la foto de su madre apoyada sobre su pecho, cerrará los ojos, esta vez para siempre, mientras, en un movimiento involuntario, estirará su mano para asir esa otra que, en silencio y con la mirada dulce, vendrá a buscarlo desde el pasado.
Rosario, 2009

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Miércoles 20 de Septiembre de 2017

 

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