tercer Milenio en la Cultura

Buenaventura Caceres

por Carlos Pérez

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Por ignorancia nos equivocamos y
por las equivocaciones aprendemos.
Cicerón
A mediados de los años cincuenta, un pequeño grupo de jóvenes rosarinos viajamos al sudoeste de Corrientes para cumplir con las obligaciones militares. En el destino que nos habían asignado encontramos, por el mismo motivo, muchachos de distintas provincias. Los de Rosario, que nos creíamos “piolas”, tuvimos la primera equivocación al asumir un aire de superioridad ante nuestros compañeros formoseños, misioneros o chaqueños, creyendo que sus particulares acentos al hablar o sus atuendos fuera de moda los hacía inferiores a nosotros. Por nuestra juventud o por ignorancia nos burlábamos de ellos. Los primeros días entre “baile y baile” comenzamos a conocernos.
Allí estaba, entre otros, él, rostro “cantiflesco”, cuerpo desgarbado, callado y obediente. Ante el primer grito de: Soldado clase… Cacéres Buenaventura, salía disparado hacia donde lo llamaban, dando señales de sumisión. Esto causaba cierta antipatía entre los que nos creíamos “vivos”. En una oportunidad en la que fue llamado, al pasar corriendo Buenaventura Cáceres, alguien estiró el pie haciéndolo caer. Lejos de enfadarse, miró hacia el grupo y sonrió con bondad como aceptando la “broma”.
Días después fuimos distribuidos para formar los grupos de los distintos roles a cumplir en la compañía. Asistíamos diariamente con otros compañeros, entre ellos, Buenaventura a un curso que nos formaría en Comunicaciones, una vez finalizado fui nombrado Radio operador y Cáceres Telefonista de campo. En los momentos libres conversábamos mucho. El trato frecuente me hizo conocerlo. Descubrí que era amable e inteligente, un excelente compañero.
El muchacho había nacido en Guaraní una pequeña población cercana a Oberá, en Misiones. Su padre, Alfredo, estaba orgulloso de su nombre, según me contó Buenaventura, pues era el mismo de don Alfredo Palacios, a quien admiraba. Padre e hijo trabajaban en los secaderos de yerba mate en un molino de aquella zona.
Habiendo en esa época problemas militares internos se reforzaban las guardias nocturnas, Buenaventura y yo las hacíamos juntos sobre la ruta a Mercedes, frente al cementerio del lugar. Hablábamos de muchos temas y nuestra amistad se acrecentaba. Me reprochaba a mi mismo haber pensado en principio que mi compañero era tonto y obsecuente. ¡Cuánto me había equivocado!
La noche del 9 de junio de aquel año, estando los dos de guardia, se produjo un levantamiento en la zona. En esa ocasión murieron militares y civiles. Aunque nuestro puesto estaba alejado del sector de la lucha no podíamos dejar de preocuparnos. En un momento oímos el motor de un vehículo y alcanzamos a ver que a unos cien metros se detuvo. Con las luces apagadas y ante nuestro grito de ¡Alto! ¡Quién vive! respondieron con algunos disparos al aire que nosotros contestamos de la misma forma. En esos segundos de confusión Buenaventura alcanzó a decirme: Si uno de los dos es herido el otro se entrega para que puedan atenderlo. Nos tranquilizamos cuando el auto se alejó. Había sido un confuso episodio sin consecuencias que lamentar pero fue el sello de lealtad que afirmó la amistad que había nacido entre nosotros.
Durante el año fui destinado a otro lugar de la base y nos veíamos poco. Al tiempo me dieron la baja y en el apuro por irme sólo tuvimos tiempo al saludarnos de intercambiarnos las direcciones prometiéndonos seguir en contacto por correspondencia.
Las cartas no fueron muy frecuentes pero sí constantes. A través de ellas fui conociendo aspectos de su vida. Se había casado con una joven de Corrientes y se radicó cerca de la familia de ella, tenían un pequeño campo y Buenaventura trabajaba allí. Tuvieron dos hijos. Fiel a sus pensamientos políticos al mayor lo llamó Agustín en homenaje a Tosco, viejo luchador obrero y a la niña Alicia por la Dra. Justo.
El trabajo y la familia ocupaban su tiempo.
En la década del 70, su hijo Agustín. Terminado el bachillerato se instaló en la ciudad para continuar con sus estudios. Ese mismo año fue detenido por militares sin conocerse su destino. Con este lamentable suceso se desató una tempestad para Buenventura. Su esposa, débil de salud, no pudo soportarlo y falleció tiempo después.
Hasta donde pude saber en aquel momento fue que junto a Alicia, la hija menor, comenzaron una búsqueda desesperada para tratar de ubicar al muchacho.
Pasaron algunos años, mis cartas no tuvieron respuesta, hasta que un día llegó un sobre cuyo remitente rezaba: Agustín B. Cáceres. Era del hijo de Buenaventura que había sido liberado. Al regresar a su casa había hallado mis cartas y quiso cerrar la historia de aquella amistad del tiempo de la milicia. Me comunicaba que el padre y la hermana viajaban de continuo a la ciudad tratando de obtener alguna noticia de él. En uno de esos viajes tuvieron un accidente perdiendo la vida ambos. Con gran tristeza le respondí al joven que había quedado sin familia, destacando la hombría y el enorme sentido de la amistad de su padre.
Días atrás ordenando viejos papeles me encontré con esa carta y los recuerdos se reavivaron, como si el tiempo no hubiera pasado.
Este repaso de parte de mi vida es el homenaje a una excelente persona y gran compañero, Buenaventura Cáceres.
Rosario, 2009

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Jueves 21 de Septiembre de 2017

 

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