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El arcón

por Asociación Tercer Milenio

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El arcón
por María Rosa BERDOU DE BELLO
Había muerto la abuela. No podía arrimarme los objetos, a los papales, a los recuerdos que deseaba acariciar y retener, pero que penetraban en mis carnes, en mis fibras y me lastimaban con dolor físico. Era imposible intentarlo; el llanto me nublaba la vista y la angustia me ahogaba.
De entre todos los objetos, un arcón me atraía especialmente. De él, la abuela había sacado y entretejido muchas historias, que a fuerza de repetidas, se convirtieron en cuentos que nutrieron mi niñez. Se referían a su familia, a sus antepasados y hablaban de la patria chica de la abuela rosarina.
Mis conocimientos se remontaban al tiempo del asombro, a la grandiosidad de mis seis años cuando, en compañía de mis héroes infantiles, escuchaba la narración de esa historia fascinante.
La abuela había contado una y mil veces la leyenda inconclusa del tesoro que debían buscar los varones primogénito de la familia. Era un compromiso de honor de la estirpe de los Hernández hallar el tesoro enterrado en el Pago de los Arroyos desde el siglo XVII, tesoro que manos fuertes y espíritus audaces deberían restituir a sus legítimos dueños. En la empresa habían colaborado muchas generaciones, sin éxito hasta el presente.
Abrí el viejo arcón que daba fe y veracidad a la leyenda secular. Emergieron pergaminos canosos; papeles amarillentos que olían a siglos, a historia, a ancestros, a pasado; trozos de diarios íntimos; cartas; fotos; recuerdos; tradiciones: historia chica del pago chico.
Acaricié el arcón vieja lámpara de Aladino. El humo cobró las formas de la abuela, que desempolvó junto al pergamino señero, las anotaciones, los datos y las memorias que mis antepasados habían dejado escritos en sus frustrados intentos por localizar el tesoro.
De entre las arrugas y las estrías añosas de los viejos papeles, sacudieron sus cenizas los recuerdos y las remembranzas que cobraron vida y forma y fueron desfilando entre mi mirada atónita.
Apareció un poblado virreinal del año 1763 que contaba con solo dos cosas formales: las Capilla y la casa del maestro de Campo. En total, cuarenta y nueve casas precarias.

La Iglesia Catedral dio paso a la Capilla de barro y paja y a su alrededor, ranchos edificados y puestos de cualquier manera, sin regla ninguna y sin tener en cuenta la dirección de los vientos y, presidiendo las ceremonias desde los primeros tiempos, la imagen de la Virgen del Rosario.
Amanece un 25 de Mayo de 1810 y encuentra un Rosario con solo mil habitantes, ajenos en ese momento, al nacimiento de la Patria.
Se esfumó el Monumento a la Bandera. Belgrano en las barrancas desoladas escribe en el cielo: “No teniendo bandera, le mandé hacer celeste y blanca, conforme a los colores de la escarapela”.
Vi las viejas calles Puerto y Aduana, hoy San Martín y Maipú, polvorientas y sin empedrado, con rumor de contrabandistas, con miradores enfocados hacia el río, donde, sin puerto, se arriman los buques para vaciar sus vientres plenos de frutos codiciados.
Surgió un pequeño ferrocarril cuyo punto terminal marca, en Avenida Belgrano y 3 de Febrero, la placa escultórica de El Sembrador, en homenaje al primer embarque de trigo saludo del puerto de Rosario de 1878.
Se dibujaron la plaza “de las carretas”, actual plaza López, donde se concentraban los carreros y sus tropas; la laguna de Sánchez que ocupaba el lugar de la plaza Sarmiento; y el “Corral del Estado” que se hallaba en la plaza San Martín.
Asomó el rostro adusto de Sarmiento, ocupado en editar el Boletín del Ejército Grande, en la primera imprenta instalada en Rosario, en la calle Santa Fe 790.
Entre los papeles, se agitó el acta de declaratoria de la ciudad del 3 de agosto de 1852.
José Hernández escribe en la casa que alquila en la calle Buenos Aires 880, acontecimiento que recuerda una placa que allí figura.Pasa la silueta inconfundible de Don Calixto Lassaga, que en su ancianidad fue el símbolo viviente de la ciudad.
Puede ver la historia viva de Rosario, con sucesos, hombres y épocas, sin espacio y sin tiempo china office furniture, amalgamada, confundida en una sola sangre.
La abuela se acercó y como en los buenos tiempos, puso su mano sobre mi cabeza y me habló.
Una gran paz y dulzura impregnaron mi alma y desaparecieron la angustia y la opresión.
Me impuso, de acuerdo con los ritos, la obligación de cumplir con el rescate del tesoro, en un ceremonia similar a aquellas de la Edad Media, cuando en solemne sesión eran armados caballeros.
Desde que la abuela puso en mis brazos la reluciente espada, el bruñido casco y la brillante armadura surgidos del arcón al conjuro de las palabras mágicas, me transformé, sentí correr en mis venas, a borbotones, la sangre caliente de los otros: de mis antepasados, de los ríos, de la tierra.
En el raudal, en su torrente, navegaban caciques y conquistadores; caballeros deshacedores de entuertos; villanos, truhanes y pillos; místicos y herejes; plebe y rancio abolengo. Yo los veía desfilar por mis venas, pasar al galope raudo, meditar en Castilla, asolearse en Andalucía, partir de Palos, hachar bosques, violar verdes selvas lujuriosas, descender por el Paraná, remontarlo, engañar a los indios, someterlos y, finalmente, afincar se a la vera del Arroyo del Medio y fundar Rosario.
En mis sueños, yo veía la fundación. El primer Hernández, Gonzalo, con mi cuerpo y mi rostro, joven, resplandeciente, plantó un tronco de árbol, el rollo, símbolo de justicia y de poder real, echó cuchilladas al aire y cortó la hierba en señal de posesión, levantó la espada e invocando office furniture Dios y a la Virgen dijo: Fundo y declaro a este sitio, Pago de los Arroyos, Villa Ilustre y Fiel, Ciudad del Rosario de Santa Fe, Ciudad de Rosario.
Yo sabía que nuestra ciudad no tuvo fundador ni acta notarial. Nació espontáneamente, por necesidad , en torno a la capilla edificada en la estancia de Domingo Gómez Recio, descendiente de Montenegro, cuando se fueron levantando, lentamente, los ranchos de los primeros pobladores.
La imagen de la abuela, los acontecimientos, los personajes, las calles del Rosario de antes y la escena de la supuesta fundación, retornaron al arcón.
Leí con avidez lo escrito en esos testimonios. Los papeles me transmitieron sus conocimientos. Me dijeron que Rosario, ciudad Cenicienta y soberbia, nacida de sí y por sí, tenía y prosapia y linaje de arado y de trigo, de puerto y comercio, de fábrica y de estudio, de letras y de arte, que era asta de bandera en el renacer luminoso de cada día. replica watches
Comprendí que el tesoro enterrado que debían buscar los muchos Hernández rosarinos, radicaba en el trabajo fecundo que le brindaron los brazos fuertes de sus hijos.
Escribí: “He hallado el tesoro. Es necesario seguir buscándolo”.
Guardé el papel en el arcón y le sonreí a la abuela.
Gonzalo Hernández.
Rosario, 2009

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Miércoles 20 de Septiembre de 2017

 

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