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ALBERT CAMUS: LA NO JUSTIFICACIÓN IDEOLÓGICA DE LA VIOLENCIA

por Hector Paruzzo

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A Febe C. de Ellena, in memoriam,
que lo publicó en el Anuario Nº XXI
de “Nosotras”, Rosario 1986.
En un mundo donde la violencia está a la orden del día creo que es válido recordar a un escritor que asumió en su vida y en su obra la 'filosofía de los límites' y la no justificación de la violencia, oponiéndose a su ideologización proveniente de los totalitarismos tanto de izquierda como de derecha.
Ese escritor fue Albert Camus, francés nacido en África del Norte, y toda su filosofía se puede sintetizar en su célebre frase, tan útil hoy y ahora, que 'mi libertad termina donde empieza la del otro', ampliando el slogan de la Revolución Francesa: 'la libertad de un ciudadano termina donde empieza la de otro ciudadano'.
En la actualidad, desgraciadamente, está un poco relegado sino olvidado (por lo menos, en Argentina). Sus libros no se reeditan, salvo un par de ellos. Y es que su filosofía que rechazaba el maquiavelismo político, ése que pregona que el fin justifica los medios, no conviene a ninguna política que utiliza el terror para imponer su sistema o para defenderlo.
Sin embargo, en su momento, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial y hasta mitad de la década del 60, Camus, junto con Sartre, fue el autor de más peso dentro de la literatura europea. Sus ensayos “El mito de Sísifo” y “El hombre rebelde”, sus novelas “El extranjero” y “La Peste” y obras de teatro como “El malentendido”, “Calígula”, “El estado de sitio” y “Los justos”, lo convirtieron muy joven aún en uno de los 'mandarines' del pensamiento francés del siglo XX. Un solo detalle mostrará la importancia que tuvo en su época: fue el Premio Nobel de Literatura más joven que hubo hasta ahora. Nacido en 1913, lo obtiene en 1957 a los 44 años de edad. Morirá tres años más tarde a raíz de un accidente automovilístico, en 1960.
Hombre realmente vital, su actividad lo convirtió en el Rey de París. Había participado en la Resistencia y como periodista dirigió el diario “Combat”, cuyos editoriales fueron posteriormente publicados en forma de libro, y que aún hoy es importante que sean leídos.
Como detalle curioso diremos que fue Camus quien le dio a nuestro Ernesto Sábato el espaldarazo en Europa, cuando recomendó “El túnel” para la colección 'La Cruz del Sur' de la editorial Gallimard. Camus, hijo de madre española, leía perfectamente el castellano.
Resonante fue también su polémica con Sartre. A éste le unían tanto la amistad como los puntos de coincidencia de las respectivas filosofías. Pero mientras Sartre justificaba las purgas de Stalin, o por lo menos los errores de éste en función de salvar el socialismo, Camus impugnaba la teoría, bastante peligrosa por cierto, de que para defender la libertad hay que confiscarla. Eso era caer en el más puro 'chigavelismo' (termino que deriva de uno de los personajes de “Demonios” de Dostoyevsky y que Camus adaptó teatralmente con el título de “Los poseídos”).
Chigalev justificaba, en nombre de la felicidad del hombre, que se convirtiera a nuestro planeta en un vasto campo de concentración donde unos pocos seres, lúcidos y escépticos, gobernarían a los demás. Chigalev, uno de los exponentes de las grandes contradicciones ideológicas de nuestro tiempo, empezaba postulando la libertad absoluta y terminaba en el más absoluto despotismo.
Es lo que siempre rechazó Camus. El estado policíaco en nombre de lo que sea, tanto de izquierda como de derecha. Ilustración de esto es su “El estado de sitio” donde la Peste es una metáfora de cualquier dictadura.
En “Los justos”, en cambio, mostrará, tomándolo de un hecho real del terrorismo ruso de comienzos del siglo XX, como sus protagonistas se niegan a matar, arrojando la bomba, al gran Duque Sergio que va acompañado de sus pequeños sobrinos. Y es que no se puede construir un mundo mejor asesinando niños. En “El hombre rebelde” (un estudio sobre los orígenes y evolución de la rebeldía humana) y en el capítulo titulado “Los asesinos delicados” nos dice Camus:

'Un olvido tan grande de sí mismo, aliado con una preocupación tan profunda por la vida de los demás, permite suponer que estos asesinos delicados han vivido el destino rebelde en su contradicción más extrema... Después vendrán otros hombres que, animados por la misma fe devoradora juzgarán, no obstante, estos métodos sentimentales y se negarán a admitir que cualquier vida equivalga a otra. Entonces pondrán por encima de la vida humana una idea abstracta, aunque la llamen historia, y sometidos a ella de antemano, decidirán con plena arbitrariedad, someter también a los otros. El problema de la rebelión no se resolverá ya mediante la aritmética sino mediante el cálculo de probabilidades. Ante una futura realización de la idea, la vida humana puede ser todo o nada. Cuanta es mayor la fe que pone el calculador en esta realización, tanto menos vale la vida humana. En el límite ya no vale nada.'
Como dijimos, Camus es el filósofo de “los límites”, y de esos límites, metafísicos, existenciales, e históricos, nace su moral. De ahí la asombrosa belleza de su obra. ¡Cómo a partir del absurdo y hacer tabla rasa con todo lo preestablecido surge un nuevo humanismo! El del santo sin dios en el Tarrou de “La peste”, el que tiene en cuenta al hombre concreto, o como lo dijo muy bien el gran Unamuno:
'El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere -sobre todo muere-, el que come, y bebe, y juega, y duerme, y piensa, y quiere; el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano. Porque hay otra cosa, que llaman también hombre y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas. Y es el bípedo implume de la leyenda... Un hombre que no es de aquí o de allí, ni de esta época o de la otra; que no tiene sexo ni patria, una idea...'.buy cheap swiss replica watches


Por eso es un imperativo volver a leer, hoy, la obra de Camus, que con su belleza clásica, su claridad meridional, su exaltación de la vida pese -y por eso mismo, justamente- al absurdo, y que rescata los valores humanos, esos que tan frecuentemente olvidamos en nombre de estos principios o de aquellos otros y que sólo sirven a intereses ideológicos y partidarios.

(*) Febe C. de Ellena, a quien dedico este trabajo, fue Presidenta de la Asociación Literaria “NOSOTRAS” de la ciudad de Rosario, Argentina.
La dedicatoria es extensiva a su hijo Jorge.

Rosario, 2009

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