tercer Milenio en la Cultura

FANATISMO EN POLÍTICA

por Lelio Pedro Gurruchaga

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Fanatismo en la Política
por Lelio GURRUCHAGA
Es la pasión exacerbada e irracional hacia algo, sin que el fanático o el grupo de fanáticos toleren su cuestionamiento o estudio del mismo.
Ejemplos de fanatismo se han dado en el terreno religioso con la defensa de dogmas, de libros sagrados o de dioses, o defendiendo un punto de vista racional o irracionalmente específico. Esto explicaría el hecho de que, por ejemplo, existan fanáticos religiosos cristianos o judíos que matan aún cuando su propio libro sagrado aconseja «No matarás» y «Ama a tu prójimo». En el islam sucede algo diferente: su libro sagrado, el Corán, da mandamiento de matar al que no pertenezca a la religión musulmana. Ya las señales fueron claramente lanzadas el 11 de septiembre de 2001, cuando un hombre que había permanecido en muy bajo perfil, su nombre se convirtió en icono mundial del terrorismo: Osama bin Laden
Algunos sostienen que el fanatismo es considerado un principio lógico de la ignorancia. Sin embargo, la exacerbación puede referirse a cualquier creencia afín con una persona. En casos extremos en los cuales este supere la racionalidad, puede llegar a grados peligrosos, como matar a un ser humano o encarcelar a los mismos, puede incluir como síntomas el deseo incondicional de imponer una creencia razonable, para el fanático o para un grupo de los mismos.

Así pues, la noción de fanatismo se relaciona con la religión en un principio, como se ha dicho. Pero el término abarca en realidad un campo semántico mayor. De manera global, podemos definirlo, como "aquel tipo de persona que inmuniza sus convicciones frente a la crítica racional" (CORTINA, A. La ética de la sociedad civil. Madrid: Anaya 1994, pg. 84).
Desde un punto de vista psicológico, lo propio del fanatismo es el ansia de seguridad total de quienes, en el fondo, se sienten existencialmente inseguros. En este sentido lo interpretan algunos psicólogos. Por ejemplo, para Adler, el fanatismo es una compensación de un sentimiento de inferioridad que niega la razón al otro.
También Erich Fromm, a lo largo de su prolífica obra, lo estudió e intentó explicarlo aunando psicología y sociología. Su enfoque se resume en el conocido título de su libro El miedo a la libertad, según el cual, toda intolerancia es un intento regresivo de escapar del surgimiento del individuo y la libertad, debido al miedo que ello causa. El temor se da ante la angustiosa sensación de aislamiento (soledad) al crecer, que no se resuelve de una manera sana. Se trata, en suma, de la incapacidad de amar.
El fanático cree poseer la verdad de manera tajante. Afirma tener todas las respuestas y, en consecuencia, no necesita seguir buscando a través del cuestionamiento de las propias ideas que representa la crítica del otro.
El fanático, pues, se caracteriza por su espíritu maniqueo y por ser un gran enemigo de la libertad, que en ocasiones, se diría anhela la muerte. Los lugares donde impera el fanatismo son terrenos donde es difícil que prospere el conocimiento. Un mundo, en definitiva, contrario a la mudable naturaleza humana. De hecho, para Albert Camus en El hombre rebelde, es una suerte de nihilismo destructivo más.
El alejamiento de la verdad es uno de ellos, porque para profundizar en el conocimiento, debemos estar abiertos al descubrimiento de la parte de verdad presente en los demás, desde una humildad intelectual de corte socrático, con una actitud dogmática que resulta difícil llegar muy lejos intelectualmente.
El fanatismo siempre ha conducido a guerras y a graves desastres. En síntesis, los rasgos que lo caracterizan son los siguientes:
Dogmatismo: Fe en una serie de verdades que no se cuestionan ni razonan y cuya justificación lo es por su propia naturaleza o con relación a alguna autoridad.
Carencia de espíritu crítico: No se admite la libre discusión acerca de las propias verdades, ni su crítica racional.
Maniqueísmo: No se admiten los detalles. Las diferencias son consideradas de manera radical.

Además, la diversidad humana suele encerrarse en dos categorías (buenos y malos). Por ejemplo:
Autoritarismo: Afán de imponer la creencia y de forzar que todo el mundo se adscriba a la misma.
Odio a la diferencia: Desprecio y rechazo de lo que escapa a unos determinados moldes y etiquetas.
Miramos con asombro, como este fenómeno de fanatismo resurge en la actualidad con fuerza, alrededor del planeta, desde los fundamentalistas árabes dispuestos a hacer desaparecer a todo el mundo en nombre de su fe; los estadounidenses que propugnan la supremacía de la raza blanca; el resurgimiento del nazismo en Europa; la ciega adhesión a un caudillo latinoamericano que desestabiliza a toda la región; son algunos de los focos más preocupantes en este fanatismo global.
Pero de dónde sale esta palabra que abarca gran parte de nuestro vocabulario, desde lo deportivo a lo farandulero llegando al tenebroso terreno del terrorismo mundial.
Recordemos que previo a los grandes acontecimientos políticos de la era moderna: la guerra de independencia en los Estados Unidos (1776) y la Revolución Francesa (1789), la conformación del poder era una sola: Iglesia=Estado.
Ahora la otra pregunta es: ¿qué es lo que motiva a que una persona entregue su individualidad intelectual a una sola forma de pensar convirtiéndose en un gran intolerante a cualquier otra corriente de pensamiento?
Desde un punto de vista psicológico, lo propio del fanatismo es el ansia de seguridad total de quienes, en el fondo, se sienten existencialmente inseguros. En este sentido lo interpretan así algunos psicólogos. Sigmund Freud, en El malestar de la cultura, afirma que el hombre es jalado por dos tendencias contrarias: el ansia de felicidad y el ansia de seguridad. Nuestra conciencia de individuos es la causa de que nos sintamos solitarios, así como la corporalidad es la fuente de males como las enfermedades. Por eso, para buscar la felicidad puede imponerse la exigencia de abolir ambas facetas.
Ahora, dentro de este fenómeno del fanatismo moderno surge un personaje que da dirección y sentido a esta forma de pensar y por tanto de actuar: el caudillo.
El caudillo exige una subordinación total del pensamiento individual a su “magna causa”, que no es otra cosa que la satisfacción narcisista de su ego político, enmascarado la más de las veces bajo la promesa de justicia social y mayor poder para el pueblo.
La historia está plagada de estos personajes, pasando por Jean Paul Marat en la Francia de 1789 hasta llegar al más emblemático de todos, el Führer Adolfo Hitler. Pero cómo es posible que en nuestros tiempos, donde contamos con una mayor información sobre los estragos que infligieron estos históricos personajes, hoy hay un gran número de personas que siguen incondicionalmente a otros capaces de inferir tanto daño o más que sus predecesores.
Un factor, y a la vez una gran paradoja, son los propios medios de comunicación de los países democráticos, donde se respeta la libertad de expresión. En su afán de llamar la atención de sus audiencias recogen aquellos acontecimientos, hechos o discursos que atraigan la atención de sus públicos. Es como una espada de Damocles, ya que resaltan las acciones y pensamientos de aquéllos que desearían acabar con la propia existencia de estos medios.

Tal como señala muy certeramente el periodista y novelista cubano Carlos Alberto Montaner, “si uno accede al podio de Naciones Unidas y pronuncia el discurso sobre la conveniencia de preservar la paz y alimentar a los pobres, no hay forma humana de aparecer en el New York Times. Eso se logra, en cambio, declarando que el diabólico George W. Bush dejó una perceptible fetidez a azufre cuando pasó por la tribuna previamente”. Los Neocaudillos (si cabe el término) saben el poder que tienen los medios de comunicación, aunque les producen urticaria las empresas independientes de información- y apuntan directo hacia su talón de Aquiles: la manifestación estridente, vende más que el discurso pausado y diplomático.

Fuente y notas:
Wiquipedia enciclopedia libre
Héctor Heréter - Radiografía del fanatismo.

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Jueves 21 de Septiembre de 2017

 

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