Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

Infantiles

Los cuarenta ladrones y el tesoro de Baba Al Alí

 

por Susana Solanes

 

Versión para No Videntes    

 

 

Había pasado mucho tiempo desde que los miembros de la banda de Baba Al-Alí, se habían dispersado por Arabia. El jefe había huído de la policía. Cuando era transportado en un camello a través del desierto, pasó frente a una cueva cualquiera y dijo las famosas palabras:
-¡Ábrete, Sésamo!- Nunca más se supo de Baba Al-Alí, por eso es que cuando Raschís hizo la convocatoria a los treinta y nueve ratones restantes, éstos se vinieron corriendo. El anuncio televisivo decía:
“El día veintidós de este mes a las siete de la noche, nos reuniremos para deliberar sobre el destino del tesoro de Baba Al-Alí. Los que no pertenecieron a la banda, abstenerse. Lugar de reunión, el boliche del petiso Abdul”
La noche convenida, nadie había faltado a la cita. Los ratones habían venido de los cuatro puntos cardinales del país para deliberar sobre este tema. Entre todos trazaron un mapa aproximado del lugar adonde debería estar la cueva del tesoro. Pero faltaba un dato importante: una nota del juez que considerase a los cuarenta ratones, legítimos herederos de la fortuna de Baba Al-Alí, en ausencia de éste. Y Raschís, la había conseguido.
Se pusieron en camino un poco a pie, otro en camello y otro en tabla de surf. Era un largo trecho el que tenían que recorrer. Pero cuando llegaron al lugar adonde debería estar la cueva, se encontraron con una ciudad enorme llena de edificios. El restaurante “El rincón de Baba”, el supermercado “La panza de Sésamo”, el shoping “Tesoros ocultos” y así por el estilo. Los ratones estaban desconcertados, hasta que caminando de un lado a otro, se encontraron con un negocio de antigüedades que justamente se llamaba “La cueva de Baba Al-Alí”. Entraron y salió a recibirlos un viejito con turbante.
-Queremos saber si usted tiene algún dato del tesoro de Baba Al-Alí.
-Ni sé de qué me hablan. Tengo alfombras voladoras, la lámpara de Aladino y un elefante que canta tangos. Pero de lo que me preguntan, ni noticia.
Los ratones tuvieron que mostrarle la nota del juez.
-¡Ahora me convencieron! La cueva está junto a mi negocio. En un momento del año, viene el custodio del tesoro. Pero ni se imaginen que lo pueden robar, porque la sala tiene quince códigos de seguridad, rayos láser, cámaras de televisión y campanitas en la puerta de entrada. Además, el custodio está protegido por dos perros salchichas muy feroces. Se los digo para que tengan cuidado.
-A nosotros nada nos atemoriza, ¿y cuándo viene ese señor?
-En la última hora del segundo mes del escorpión dormido y la serpiente encantada.
-¿Y cuándo es eso?
-Dentro de cinco minutos. Ahora por favor, retírense que voy a cerrar.
Se quedaron agazapados entre unos arbustos mientras las luces del negocio se apagaban y todo quedaba a oscuras. De pronto, ven acercarse una sombra por la calle y pararse delante de la cueva. Escucharon correrse la piedra y a pesar de las recomendaciones recibidas todos entraron de golpe.
-¡Alto ahí! ¡Vinimos por lo que nos pertenece!
-¡Devuélvanos nuestro tesoro!
Asombrados, se encontraron con un viejito que traía una vela encendida y una bolsita de naftalina en la mano.
-¡Al fin llegaron! Ustedes deben ser los cuarenta ratones que la historia cuenta como de la Banda de Baba Al-Alí.
-Sí, y más le vale que nos diga pronto dónde está el tesoro.

-2-

-¡Aquí está! Todos los meses le pongo naftalina para que las polillas no se lo coman- Y abrió una caja de zapatos donde estaba arrollado un pergamino.
-¡Ése debe ser el plano del tesoro!- dijeron contentos de que todo hubiera resultado tan fácil.
Raschís desenvolvió el rollo sumamente emocionado, y leyó:
“Queridos amigos: No se imaginan con cuánto cariño les escribo. Quiero que sepan, que siempre los he querido como a mis hijos y por eso, es que he tomado esta decisión. De lo robado no queda nada, porque lo repartí entre los pobres. Por lo tanto mi herencia es ésta: dedíquense a trabajar y a cosechar buenos amigos, porque ése es el verdadero tesoro de la vida. Los abrazo con todo mi corazón. Baba Al-Alí.
Unos aprobaron, otros se enojaron, pero Raschís subiéndose a la caja de zapatos, dijo:
-¡Hermanos, debemos cumplir con el testamento de nuestro jefe! Mañana mismo voy a volver a dar lecciones de yo-yo a las señoras.
Resignados, cada uno fue diciendo la tarea que podía realizar y así se fueron alejando.
En la puerta de la cueva, el viejito se quitó la blanca barba, y mientras se alejaban los ratones, sonreía complacido.
Rosario, 2008

 

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Viernes 24 de Noviembre de 2017

 

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