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FIN; Cuento de RICARDO PLANK

por Asociación Tercer Milenio

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Fin¡Bang!, estalló el arma, y cayó de la mano derecha. La bala le paró la cabeza. No podía haber otro nal, ya lo sabía.Total que me importa la vida, se dijo, antes de disparar. Si no soy nada. La yuta, pensó, me va a encontrar. Caminaba, descalzo, hacia el cruce del ferrocarril, como perdido. Se sen'a rojo. Sucio. Infeliz. Sin rumbo. En cada esquina había llorado. Arrodillado, en una,implorando a nadie. Como niño, doblado en dos, desesperado. Enfermo y estúpido. Confuso. Vengador. Héroe. Macho. Casi de veinte.Era posesión. Amor, pensó. Mi amor. Ella era mía, le decía la mano del cuchillo, cada vez que lo masking tape. Rudimentario amor desquiciado y torpe, enfermo. Sólo mía, le cantaba.El empo no vuelve atrás. Sen'a, creía senr, la misma aguja, hiriendo su hombría, perforando su honor. Como si todavía la amara. Como si no hubiera dejado de amarla. Ella era la culpable. Que más podía él hacer. Es lo que se debe hacer, lo que hizo.La amaba. Traicionera. Menrosa. Y puta, claro, como todas. Esa espina constante que le atravesaba el alma de los días, eso era el amor. Ese deseo de volver a poseerla. Traidora. Hermosa. No sabía adonde iba. O siempre lo supo. Si, desde que la vio. Demasiado hermosa. Hembra voluptuosa. Huía, casi sin pensar, desesperado y aturdido. Las manchas rojas en toda su ropa, en sus manos. En su boca, los besos de la sangre. Sangre. El rojo estallado en sus ojos, como fuego.Ah, volver el empo atrás, vivir en ese recuerdo, esas tardes eternas en que era suya, en cualquier lado. Su boca dulce, los pechos de leche, la piel fría y caliente. Esos cabellos desnudos y salvajes. El fuego que lo poseía. Como demonios, los dos, atravesados de sexo hasta desesperar. Y otra vez más.El cuchillo en la alfombra, allí quedó. Era protagonista. Le pedía más, con cada estocada. El le obedecía. Hasta que ella no se movió más. Apenas, un rictus, una úlma texture paint, o un suspiro. Una rosa húmeda y roja, en el suelo, en el medio de la pequeña pieza del hotel.Lo miraba sin comprender, cayendo. ¿Pedía perdón? ¿Pedía ayuda? Lo merecía. Él sabía que iba a hacerlo. Ella también, si, seguro. Porque le gustaba demasiado la cama, a la puta. Y después lo quería dominar. VIolento, le decía. El rojo ñó todo, el líquido viscoso se esparcía lentamente, como mananal bermejo

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Jueves 21 de Septiembre de 2017

 

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