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UNA NOCHE MUY LARGA

por Carlota Macchiavelli

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Una noche muy larga
Dormitaba en mi incómodo asiento del ómnibus que me traía de regreso a casa. Cansada por el largo día en la ciudad de Corrientes haciendo trámites y pequeñas compras, de aquellas cosas que no se podían conseguir en Virasoro.
El ómnibus ya había salido con un poco de retraso porque era el día de la Virgen de Itatí y miles de peregrinos invadían la ruta doce, marchando a paso lento hacia la hermosa ciudad costera donde se eleva la Catedral, que la devoción popular supo erigir para su madre.
Cerca del cruce que lleva a San Luis del Palmar el tránsito se hizo casi imposible, porque, en esa pequeña ciudad se conserva una antigua costumbre y, los sanluiseños llevan, ese día, a “San Luisito”, como se lo llama en el pueblo, a visitar a la Virgen en su día. Tanta es la devoción que lo acompaña casi toda la comunidad, en vehículos de todo tipo, muchos, siguiendo la tradición van a caballo o en carruajes de tracción a sangre.
Nuestro ómnibus salió cuando ya caía la tarde, medio atrasado y repleto como siempre. Según el horario debíamos llegar a Virasoro cerca de la medianoche, pero, ya estábamos imaginándonos que eso no podría ser, lo más probable era que llegara casi al amanecer.
Todos los pasajeros cabeceábamos adormilados en la oscuridad interior y exterior, solo interrumpida por la luz fugaz de los autos que cruzábamos. Todos íbamos en silencio, en un pacto tácito por el cual nadie habla para no molestar a los que quieren dormir.
Los estudiantes que regresaban, por el fin de semana a sus casas, se bajaban en las tranqueras como le indican previamente al chofer, generalmente alguna luz indicaba que estaban esperándolo sus familiares, ya sea, en un enorme tractor o con una simple linterna. El ómnibus bajaba la velocidad y se detenía, entonces, un muchacho descendía con su acostumbrada mochila repleta de libros que, como es de suponer no abrirían durante todo el fin de semana pero la conciencia no podía reclamarles que los hubieran dejado durmiendo en su departamento de la ciudad.
Esa noche, habiendo dejado atrás la algarabía de los promesantes, corríamos por la ruta, solo iluminados por los relámpagos de luz que brindaban los autos que circulaban por la mano contraria.
Yo a esa altura me había despertado totalmente porque esa es una zona bastante agreste, demasiado próxima a los esteros, y por esa causa suelen cruzar la ruta medio encandilados, medio asustados algunos animales silvestres, he visto grandes ciervos de los pantanos, temerosos venados de las pampas e incluso algún lento yacaré pero, finalmente me fui tranquilizando cuando vi que estábamos cerca de Villa Olivari.
Comenzaba a adormecerme nuevamente cuando una chica muy joven bajó la escalera, desde la parte superior del ómnibus, para recordarle al chofer que se bajaría frente a la tranquera pintada de verde. Aparentemente descendía habitualmente en ese lugar porque los choferes no dudaron sobre donde debían detenerse. Una oscuridad que asustaba la esperaba del otro lado de la ruta, no se veía ninguna luz que indicara que estaban esperándola, pensé que se habrían ido por el retraso con que estábamos llegando. Ella no pareció atemorizada y se bajó resueltamente.
Me asombró su intrepidez, por eso me enderecé en mi asiento para observarla mejor. Grande fue mi sorpresa cuando vi, que detrás de la jovencita descendía también un hombre que yo no había visto esperando para bajarse junto a ella. Alto, con ropa oscura, posiblemente con un poncho negro al hombro, se deslizó detrás de la joven. Corrí las cortinas de mi ventanilla para verla cruzar e internarse en la oscuridad del campo. Unos pasos detrás la seguía el hombre como una sombra. Mi corazón comenzó a latir fuertemente y presentí lo peor. La gente de campo está acostumbrada a caminar sola, aún de noche, pero yo no podía sacarme de la cabeza a esa jovencita caminando en esas soledades seguida, tan de cerca por un desconocido.
Ya no pude dormir hasta que llegué a mi pueblo. ¡Cómo agradecí que estuviera tan iluminado y que mi esposo me estuviera esperando!
Al día siguiente leí los diarios buscando la trágica noticia que, en mi imaginación daba por seguro, iba leer en grandes titulares . No encontré nada, pero mi presentimiento era muy fuerte y no podía abandonar la idea de lo que podía haber ocurrido. Mil explicaciones se me ocurrían, especialmente conociendo la sufrida mujer correntina, capaz de soportar en silencio cualquier tipo de atropello, tal vez por una cultura de resignación que le viene de sus raíces.
Dos días después de ese viaje tuve que volver a Corrientes y me tocaron los mismos choferes de mi noche de terror, no pude contenerme y le pregunté al más joven si conocía a la joven que se había bajado la noche del lunes en la oscuridad más absoluta, para colmo seguida muy de cerca por un hombre emponchado.
El chofer me miró como sorprendido por la pregunta y, tras una breve vacilación me dijo que él también se había quedado pensando en la joven es noche, más aún cuando pudo comprobar en su listado de pasajeros que ese hombre no debía bajarse allí, incluso que ni siquiera figuraba en la lista de pasajeros.
Parece que él tampoco pudo dormir esa noche pensando en lo que podía haber ocurrido pero su preocupación terminó, al día siguiente cuando volvió a ver a la joven y le preguntó si había tenido algún problema, ella le contó que un hombre que por casualidad descendió con ella la ayudó a salvarse del ataque de unos perros que no conocía y la habían acorralado junto a la tranquera de su casa. También le contó que casi instantáneamente se alejó en la espesa oscuridad.
El chofer tenía, ese día, una locuacidad poco frecuente entre la gente de esta región y continuó contándome , que al día siguiente, cuando regresaba a su casa, se bajó unos kilómetros antes de llegar a la rotonda de entrada de Corrientes, como solía hacerlo porque le quedaba más cerca de su casa bajarse en ese paraje. Según me dijo, también reinaba la más absoluta oscuridad y si bien nunca había temido bajarse en la oscuridad, esa noche sintió un escalofrío cuando detrás de él se descolgó del ómnibus el mismo hombre de negro de la noche anterior y que además estaba seguro de que tampoco estaba registrado entre los pasajeros y menos que debiera bajarse allí. Apuró el paso y no hubiera tenido ningún pudor en correr si hubiese sentido que se le acercaba. De pronto sintió unos gritos y golpes, el misterioso hombre castigaba con su cinto a unos maleantes que habían querido atacarlos armados con revólveres, las piernas le temblaron incluso hasta que el hombre se le acercó y le dijo que no se preocupara, que ya se habían dado a la fuga y que ahora podía seguir tranquilo.
“Cuando se dio vuelta para alejarse me pareció que sus pies no tocaban la tierra, y hasta pude alcanzar a ver un intenso halo de luz que lo rodeaba en la densa oscuridad”.
Luego agregó, muy convencido: “Estoy seguro de que era un ángel de la guarda”.

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Martes 19 de Septiembre de 2017

 

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