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ASALTO A SANTO TOMÉ

por Carlota Macchiavelli

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ASALTO A SANTO TOME

El tiempo estaba por venirse cuando sentimos el trepidar de los cascos de los caballos, en la Vuelta del Caracol; en un principio no supe que ocurría pero las corridas de mis tías que gritaban y se escondían en la casa me hicieron saber lo que pasaba. Yo también corrí para esconderme y les ayudé a cerrar todas las puertas y ventanas, pusimos las trancas para impedir que pudieran abrirse desde afuera, apagamos todas las lámparas y nos metimos debajo de las camas. El silencio era denso y pegajoso como el calor que nos asfixiaba. Afuera no se oía nada y eso nos atemorizaba, más aún ya que nos venían a la cabeza las historias que nos habían contado de la última correría de los pobladores de la otra orilla por nuestro pueblo.
Mujeres maltratadas, niños golpeados, almacenes destruidos, chacras incendiadas. Entraban desde el río, gritando para impresionarnos y aprovechaban las bajantes para poder cruzarlo fácilmente nadando o agarrados de las colas de sus caballos, como los indios.
Yo me había escondido junto a mi hermanita menor y aunque estaba tan asustada como ella sabía que no debíamos hacer ruido. No se como logré calmarla hasta que finalmente se durmió, yo asomaba apenas la cabeza para ver que hacían mis tías, pero ellas, espantadas como estaban, ni se movían. Repentinamente sentimos el griterío que se acercaba y las carreras de los que huían, también, de vez en cuando, se sentían algunos tiros, no sabíamos si eran pobladores defendiéndose o que los invasores atacaban a algún vecino sin la menor piedad.
En plena oscuridad, porque ya se había hecho de noche, golpearon fuertemente nuestra puerta con algún objeto duro, creímos que iban a entrar y nos echamos a llorar en silencio; tal vez ese silencio desalentó a los agresores porque abandonaron la idea de entrar y se fueron a asaltar la casa de enfrente que tenía mucho mejor aspecto que la nuestra.
Aún oigo los gritos de la hija de nuestro vecino cuando la arrastraron por la calle polvorienta, para obligar a sus padres a entregar todo lo que tenían. Después escuchamos las risotadas y nos dimos cuenta de que estaban bastante borrachos, además muy contentos con la cosecha, que debía haber sido abundante.
Nosotros seguíamos bajo nuestras camas, bañadas en sudor y lloriqueando por ratos, pero no nos moveríamos de allí hasta que no apareciera nuestro padre que tal vez hubiera tenido que huir hacia el Ita Kua y esconderse en los pajonales porque, como él trabajaba en el correo, ese era un lugar muy peligroso ya que manejaban dinero. Luego supimos que no solo huyó, sino que salvó toda la recaudación de ese día llevándosela consigo.
Mi hermanita, que había dormido un largo rato, despertó y empezó a llorar bastante fuerte, pidiendo por mamá y quejándose porque tenía hambre. Pocas veces en mi vida le pegué un pellizco, pero esa vez fue una de ellas, no pude contenerme. Asustada, porque no me conocía bajo esa faz, se quedó en silencio. No nos veíamos ni la cara pero yo imaginaba su mueca de terror.
El silencio en que se sumió el pueblo fue interrumpido por un trueno tremebundo que nos iluminó por entre las rendijas, en nuestro seguramente vulnerable refugio; por largo rato escuchamos caer la lluvia torrencial, limpiando los techos, llenando las cántaros donde juntábamos agua para lavarnos el cabello, inundando la quinta con su bendición húmeda, porque hacía mucho que no llovía y la seca era, en cierto modo, la culpable de esta asalto de los brasileros que pudieron cruzar el rio sin problemas.
Ya muy entrada la noche escuchamos a nuestro padre gritar para que le abriéramos, anunciándonos que ya había pasado todo y que nuestros milicianos los habían corrido hasta el río, incluso que habían tomado a uno de rehén.
Corrimos a abrirle y, aunque medio paralizadas aún, por las largas horas de inmovilidad, con manos torpes sacamos las trancas de la puerta de entrada. No recuerdo que mi padre me diera otro abrazo, en todos los años de su larga vida. Estaba chorreando agua y embarrado por eso con sus abrazos nos empapó a nosotras también, pero no nos importaba. Al fin había regresado con las buenas noticias y había terminado el suplicio, podíamos volver a pensar en voz alta.
Mamá, por suerte, no estaba en el pueblo ese infausto día, porque había viajado a San Carlos a para visitar a su madre enferma, creo que si hubiera estado con nosotros se moría de miedo pensando que pudiera pasarnos algo.
Al día siguiente los comentarios seguían y todos los que habían sufrido destrozos reparaban sus casas o se lamentaban por las cosas perdidas, aunque no tanto, porque en realidad lo que habían salvado era la vida y eso valía mucho más. A mediodía llegó nuestro padre muy serio y le comentó a nuestras tías que el tío Américo tenía en su casa al prisionero que habían tomado la noche anterior. Él se preguntaba si no sería peligroso retenerlo porque no se sabía si podían regresar en su búsqueda. Nosotras nos erizamos de espanto pensando que ahí nomás a pocas cuadras de nuestra casa estaba ese delincuente que podía escaparse.
La sensación de temor aún no se disipaba cuando mamá regresó, no nos alcanzaban las horas para contarle todo lo vivido y ella juraba que no volvería a dejar solas sus hijas por nada del mundo, como si con su frágil cuerpo hubiera podido evitarnos algún mal.
Otra vez ese medio día papá llegó serio y antes de sentarse a comer comentó la novedad, el prisionero no era un joven bandolero sino una bella muchacha que se defendía con uñas y dientes para que no la tocaran.
Mi padre, siempre tan serio, estaba más serio aún, su hermano tenía una prisionera. ¿Qué hacer? ¿Devolverla a la otra orilla? ¿Y si no sabía nadar?, llevarla era imposible, era jugarse la vida, ¿Encerrarla en la comisaría con los borrachos de turno? Imposible, entonces ¿Qué hacer? Si bien no era su problema, como hermano mayor sentía que era su deber aconsejarlo.
Mamá dio su opinión pero papá ni la escuchó, su cabeza estaba que estallaba. Finalmente la solución vino por donde menos se esperaba, nuestro fogoso tío con su enorme torso desnudo, trabajando en su herrería, insuflando aire sin descanso a la fragua logró el milagro; la brasilerita, sumamente joven y bonita empezó a mirarlo con buenos ojos y finalmente se rindió a su bello conquistador que tampoco parecía inmune a los enormes ojos negros.
Mi padre no podía creer lo que estaba sucediendo pero varios meses después cuando la bella niña comenzó a perder su cintura, ya no le quedaron dudas. No es difícil comprender cómo hicieron para entenderse, el camastro de mi tío era bastante grande para dos y por ahí no tenían otra cama para ella. Las pocas veces que ella se asomaba a la calle se la veía muy feliz, los vecinos la miraban con desconfianza, las muchachas con envidia y los hombres jóvenes con lujuria.
Américo supo imponerse a todos saliendo del brazo de su prisionera, para ir hasta la iglesia, frente a la plaza principal, donde habló con el cura y le pidió que los casarse como Dios manda. El padre respiró aliviado porque ahora todo iba a estar en orden, a él le gustaba que la gente se casara, no como tantos que se “acasalaban” y listo.
Mi padre también sintió alivio, este era un buen remedio para tan difícil situación.
Ese año quedó grabado en mi memoria porque tantos acontecimientos y tantas emociones juntas, no solía darse en nuestro tranquilo Santo Tomé.

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Martes 19 de Septiembre de 2017

 

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