Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Pasadas las nueve de la noche.

 

por Franco Tripelli

 

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Pasadas las nueve de la noche llegó para encontrarse con ella. Pero, lamentablemente, no tuvo éxito. Ella se ha quedado dormida. Ya está, demasiado tarde, a él no le darían otra oportunidad. Seguramente será domingo por la mañana cuando ella despierte, y a él se le habrá pasado la melancolía que ahora lo perturba. Sin embargo, a pesar de todo, ahora la necesita. Ella despertará, tomará algunos mates con medialunas en el desayuno mientras lee en el diario las noticias.

Anoche, mientras Pablo hablaba por celular con su novia Julia, estaba poniéndose la ropa para salir con ella. La pasaría a buscar e irían a ver una película de estreno al cine, una de comedia mezclada con romanticismo clásico. Luego irían a cenar en algún restaurante sobre la avenida de doble mano que divide a la ciudad en dos partes. Quizás, después terminarían la noche durmiendo juntos con el calor de sus cuerpos pasando de la noche a la madrugada.

Pablo, ya cambiado, salió de su casa y aún seguía hablando con la novia por teléfono. Ella estaba enfadada por la falta de puntualidad que él acostumbraba siempre. Habían quedado en que la recogería a las 8.00 de la noche. En la cartelera decía que la función comenzaba a las 8.30. Por más que Julia vivía cerca del cine, ella conocía la falta de consideración horaria que portaba Pablo en su personalidad. Solamente estaban a 5 minutos de la casa de Julia al cine, pero a ella le reventaba la paciencia la impuntualidad. Y para peor, le reprocha a los gritos que no usaba el reloj de pulsara que le regaló para el aniversario. Habían cumplido su primer año hace dos semanas atrás. Pablo, además de ser impuntual, no le había hecho un regalo. Se había olvidado de la fecha… en verdad se había confundido de fecha. El pobre se caracterizaba por tener una memoria débil para los números de calendario. Pero no importaba, parecía que Julia estaba dispuesta a decirle de todo, evidentemente la ira le había ganado la paciencia.

- ¡¿Siempre lo mismo vos?! ¡¿Cuánto te falta1?! ¡¿A que hora venís?! ¡¿Qué hacés que no usas el reloj que te regalé?!- Eran las preguntas con mayor grado de volumen que se escuchaban del celular.

Él decidió no contestarle las agresiones. Sabía que peleando o no llegaría tarde igual, así que prefirió no seguirle el hilo y no decir una palabra hasta que ella se callase la boca. Pero una de las cosas que más le molestaba a Julia era que la ignoren. Entonces, desata toda su furia femenina –yo más bien diría histeria femenina- y empieza a amenazarlo con la ruptura de la pareja.

-¡Me tenés harta Pablo! Es la última vez que te espero- fue lo último que se escuchó antes de que se cortara la comunicación.

Él había cortado el teléfono, como si se hubiese cansado de escuchar tantas blasfemias a su persona, como si fuese él quien estaba harto de ella, como si ya no hubiese tenido ganas de seguir escuchando injurias, reproches y planteos sentimentalmente cargados de rabia que luego iban a disiparse con el tiempo. Porque en estas cuestiones pasa siempre lo mismo, en la bronca y la alta temperatura del enojo se dicen cosas que luego uno se arrepiente, pero ya es tarde... las malas palabras se dijeron e hirieron el corazón.
En este caso parecía que no había tiempo que sosegase la ira de Julia, porque imagínense que si le molestaba que la ignoren, cómo se había puesto al escuchar el “tuuu… tuuu… tuuu… tuuu” en el celular declarando el fin de la llamada.
Se fue a las corridas subiendo las escaleras que comunicaban el living con su pieza y se desplomó en llanto sobre la cama maldiciendo a su novio.
Tomó el primer peluche que tenía a su alcance como para encontrar algún tipo de cariño en un objeto. Pero, casualmente, era uno de los que le había regalado Pablo, entonces lo aventó contra una lámpara de pie causando que esta bailase unos segundos y termine golpeando contra el suelo dejando completamente oscura la habitación.
Las sábanas de la parte superior de la cama, limitando con la almohada, estaban completamente empapadas por las pupilas rotas de Julia.
Entró en paranoia, sentía que su novio ya no era el de antes, que había dejado de amarla, que le había quitado importancia. Creyó que su silueta ya no era la misma, que tenía unos kilos de más y eso hacía que él dejara de desearla como mujer.
Pensó que, quizás, la falta de interés era porque estaba conociendo nuevas mujeres. Claro, hacía un poco más de un mes que Pablo había conseguido trabajo y eso significaba que andaba conociendo gente nueva. Imaginó que a lo mejor andaba coqueteando con otra mujer o que tenía una relación paralela.

Las lágrimas secaron cuando Julia logró entrar al sueño dejando de esperar a Pablo.
Al quedar dormida se le amontonaron imágenes en la cabeza armando una historia somnífera.

- ¡Julia!- escucha que le llama Pablo desde afuera.
-Julia, dejame que te cuente… vení, por favor- le suplica.

En ese instante ella quiere escuchar lo que él iba a decirle, pero como suele pasar en sueños, no podía lograr manipular sus propias acciones. Quería abrir la boca pero no le salía palabra alguna, sentía débil los labios, pesados. Sin embargo, también -y a veces- los sueño muestran un ápice de piedad y Pablo le continúa hablando.

-Bueno, espero que me escuches. Me llamaste cuando estaba poniéndome la ropa para pasarte a buscar. Salí de mi casa, hice unas cuadras mientras seguía hablando con vos y se acercaron dos tipos. Me arrinconaron contra un palier. Uno de los dos saca un revolver.

-‘Quietito. Dame el celular o te pego un tiro’- me dice.

No me quedó otra opción más que cortarte y dárselo.

-‘Ahora la billetera, la remera… todo… si te movés te pongo plomo en el pecho’ poniéndome el revolver en la cabeza.
Justamente yo tenía entre dientes un cigarrillo.

- ‘Dame los puchos que quiero fumar, y también el cinturón. ¡Dale, dale, dale, apurate o te quemo!’

- ‘Para… ¿trabajo 8 horas de lunes a sábados para que me vengas a afanar todo?’- Le contesté ya perdiendo la impaciencia. Entonces me pone fuerte el revolver contra la mandíbula.

- ‘Brian, quedate con este guacho un rato hasta que venga el Chaucha’- Dijo el choro que me sacó las cosas.

- ‘A este hay que bajarlo, ya nos vio la cara, boludo’- dijo Brian quien tenía el revolver.

En ese momento frena un Renault 9 blanco descascarado por el óxido en la carrocería. Salen corriendo hacia el auto, pero antes de arrancar… desde la puerta disparan al azar y salen arando el auto.
Mis rodillas chocaron contra el suelo. Mis manos trataron de soportar el peso de mi cuerpo. Bajé la cabeza donde la mirada se me perdió en el suelo y quedé desparramado por el piso con la bala en el corazón.
Julia, acaban de concederme este último deseo… mi amor ¿me escuchaste? Julia… Julia… J…

Julia despierta de esa pesadilla horrible con la nuca mojada y la respiración un tanto acelerada. Instantáneamente piensa que el sueño quiso darle una lección demostrando que siempre pueden pasar cosas peores y entendió que lo de anoche fue un simple capricho del cual estaba completamente arrepentida.
Después de levantarse de la cama se dirigió al baño para asearse la cara. Luego, fue a la cocina donde preparó la pava para desayunar unos mates con medialunas, mientras leería en el diario las noticias diciendo que pasadas las nueve de la noche murió un joven de un balazo en el pecho tras un atraco callejero.





Franco Tripelli.
julio 2010.

 

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