Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

Diálogo con Gustave Flaubert

 

por Rodolfo Bassarsky

 

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Diálogo con Gustave Flaubert

Diálogo inspirado en las cartas que desde principios de 1852 hasta principios de 1854 envió Gustave Flaubert a Louise Colet, mientras escribía su “Madame Bovary”.




Yo caminaba por una callecita angosta empedrada de París, sucia y flanqueada por interminables edificios de fachadas similares y arruinadas. Paredes descascaradas, agrietadas, persianas rotas, balcones oxidados. El barrio fue declarado Antipatrimonio de la Humanidad. Nunca debieron construirse esas viviendas miserables, oscuras, húmedas y antihumanas. O por lo menos debieron destruirse al cumplir no más de 100 años. ¡Y ya tenían 400!
Caminaba rectamente y sin mirar mi entorno, sumergido en pensamientos importantes que me entretenían. En el preciso momento de pasar frente a una desvencijada puerta de madera carcomida, se abre y aparece Gustave Flaubert. No supe si era él en persona o quizás su fantasma: flaco, pálido y sonriente, ojos soñadores, cabellera abundante de pelos lacios oscuros.
Cuando estuve a su lado me detuvo con un ademán. Alzó su mano derecha.

- ¡Pare! - me dijo.
- A Ud le gustan mis libros. Le apasiona mi estilo de párrafos cortos. La ausencia de lugares comunes. Mi desprecio por los convencionalismos de toda clase.

No me invitó a pasar ni a tomar un café en la esquina para charlar un rato. Sospeché por eso que era un fantasma. Hablaba pausadamente y no abandonaba la sonrisita de buen ánimo.

- “Por cien francos al año guisaba y hacía el arreglo de la casa, cosía, lavaba, planchaba, sabía embridar un caballo, engordar las aves de corral, mazar la manteca y fue siempre fiel a su ama – que sin embargo no siempre era una persona agradable.”

Recordé que esa señora no muy simpática era madame Aubain de “Un alma de Dios”. Me di cuenta que Monsieur Flaubert podría repetir de memoria su cuento. Y me imaginé que semejante milagro se debía exclusivamente a su condición de fantasma poseedor de un misterioso cerebro fantasmagórico.
Yo ya estaba atrapado. Ese encuentro inesperado, súbito, comenzaba a conmoverme. Jamás había conversado con un fantasma tan tête à tête. Sí los había visto, distantes, en sueños adolescentes. Cuando soñaba. Pero a mis 65 años ya no soñaba con fantasmas y ya los había olvidado. Hasta ahora, que tenía tan cerca a uno sonriente y casi de carne y hueso. Su aspecto amigable y especialmente su actitud llana, afectuosa, me indujeron a tutearlo. Gustave Flaubert de tête á tête y de tú a tú!. Me sentí feliz y ya no sobre el empedrado, sino en el cielo de París.
Me tomó enérgicamente del brazo, a una cuarta de mi hombro derecho y me obligó a flotar con él. Poco después vimos a unos 30 metros, el Moulin Rouge y escuchamos los célebres compases de su parisina melodía. Salía del espectáculo un apretado contingente de damas y caballeros con atuendo décimonónico, contemporáneos de mi cicerone.

- Me evocas a Gustave Mahler. Un grande de la música del s XX, muerto prematuramente, cuya obra sinfónica es gigantesca como tu literatura.
Gustave, háblame de tu mundo, de tus amores, de tu estilo.

-Mi vida ha sido poco coherente. Sin duda ni más ni menos coherente que la de muchos. A pesar de mi interés fuerte por la ciencia, comencé a escribir a los 15 años. Pocos años después abandoné mis estudios científicos y me entregué a la literatura. Me enamoré de mi arte, de mi estilo (yo inventé la fisiología del estilo) y de Louise.
Han coincidido en mí dos escritores. Uno apasionado por la literatura de altas consonancias líricas, de frases sonoras, el otro obsesionado por el detalle, por la verdad, por la realidad. Dos escritores, dos hombres en una síntesis individual. He sido capaz de elevar el alma mía a las más altas cumbres, he querido que mis lectores toquen el cielo y al mismo tiempo tuve el don de detenerme en el mundo real de las pequeñeces y miserias del hombre; sentí el placer casi morboso de la descripción del detalle mínimo.
“He tallado las perlas de un collar. No olvidé más que una cosa: el hilo” (1). He concebido como la máxima expresión del arte de la literatura un libro cuyas palabras se funden con el pensamiento. Una obra tan inmaterial como el pensamiento mismo, de palabras leves, etéreas, que se sustentan por sí mismas casi sin necesidad de trama que las sostengan. La belleza surge más sublime cuanto menos materia la soporte.
Tuve la experiencia de la obstinación apasionada y excluyente por mi arte. He aprendido que nada se logra sin esfuerzo, sin sacrificio. Escribiendo “Madame Bovary”, durante largos meses pude hacer sólo 20 páginas por mes trabajando 7 horas diarias. Amé mi trabajo.
He construido un mundo personal y casi solitario. Louise (2) fue mi musa y mi confidente. Y ahora, tú Rodolfo, mi interlocutor. La luz eterna que me ilumina y permite que me veas, me la gané en la tierra. Mi mérito es mi obra. Flotamos sobre París. Quiero verte conmovido por “Madame Bovary”. Reléela.

- Querido maestro Gustave: oigo la música del carrousel de Montparnasse que sobrevolamos. Un carrousel repleto de niños y te adivino en uno de ellos: una imagen junto a los corceles y carruajes, junto a la luminosa y cargada decoración de columnas, techo y paredes del tiovivo. Miles de formas y colores, detalles de ángeles, ninfas y dioses paganos. Un conjunto bello que preanuncia al poeta, al escritor enjundioso. Gustave admirado, continúa.

- Más allá de mi tiempo el arte y la ciencia se encuentran. Yo lo predije y no fui ajeno a ese fenómeno. Me he muerto sin haber alcanzado llegar a la cima del estilo que soñé. En ocasiones, una noche entera no era suficiente para tan sólo una página. Amanecía con más tachaduras que palabras. Un trabajo doloroso que casi siempre culminaba en la decepción. Una meta que huía. Fui consciente de que para expresar algo con precisión es necesario despojarse de la pasión, no sentirlo, disecarlo con el escalpelo de la inteligencia. Sin embargo yo no pude lograrlo en la medida que quise. Lo intentaba repetidamente.
Sé que no tuve las mejores condiciones personales para escribir un libro como “Madame Bovary”. Sin embargo –yo solamente lo sé- parí la novela con dolor tras una gestación accidentada y frustrante. Sobreviví a mi persistente afición por las metáforas que casi infestan mi obra. Pude, con sufrimiento, suprimir las más superfluas. Sudaba y después de la crisis retomaba la pluma. Nunca pude sobrepasar la frontera del drama. Fui contrario a la exageración y partidario de la economía en mi estilo.
Sé que unas cuantas páginas de mi Bovary son perfectas: a costa de un quebranto del que la muerte me liberó.
Aprendí, mi querido Rodolfo, que la inspiración solivianta el alma del escritor: “Hay que escribir fríamente” (3). La fuerza muscular prevaleciendo sobre la pasión.
No siempre sufrí como con Bovary. Por ejemplo las 500 páginas de “La tentation de Saint Antoine” fueron una vorágine de placer. Sin embargo el signo predominante de mi vida no fue precisamente el placer. No fui tampoco exageradamente infeliz.

- Reverenciado Gustave, quizás algo tardíamente me doy cuenta de que tu pensamiento transita andariveles superiores. Un alud de metáforas construidas con inteligencia extraordinaria y ubicadas maravillosamente.
Desde el privilegio de nuestro lugar, contemplamos la Torre Eiffel que no tuviste la fortuna de conocer: expresa con elocuencia – entre otras cosas – el permanente afán del hombre por elevarse. De una manera similar a las formas góticas: una base ancha sobre la tierra que paulatina e inexorablemente se convierte en una fina estructura celestial: intento seguro de lograr un contacto divino, superior. Es la elevación materializada como en las cúpulas de las construcciones religiosas. Permíteme comparar la Torre Eiffel con tu gigantesca obra literaria.
El alma inmortal de la humanidad está constituida por las obras de todos los hombres. Pero la participación en ella de cada uno no es pareja. Tu aporte ha sido notable: se destaca como la Torre Eiffel. Tu obra está vigente al cabo de un siglo y medio. Le auguro una vida eterna. Has sido un testigo clarividente de la realidad social de tu tiempo. Sin embargo tu testimonio tiene la virtud de lo universal. Además es bello. El arte del arte que penetra el mundo y lo enaltece. La sociedad desnuda sangrando, vomitando su miseria y a la vez exhibiendo el espectáculo deslumbrante y sorprendente de la inteligencia del hombre.

- Rodolfo, interlocutor mío de hoy, me embriaga el detalle y por ello mi detalle es terrible para mí. Logré con lágrimas tallar las piedras del collar, pero es el hilo el que hace el collar. No siempre pude ensartar todas las perlas en el hilo.
Poco antes de culminar mi Bovary, tuve la sensación de “clarificar la mirada” (4): un tormento fecundo que me agradecí.
Mi amada Louise fue mi fortuna: en mis cartas estaba yo mismo. No mis personajes con los que permanentemente lidiaba y me doblegaban con demasiada frecuencia. Fui un guerrero que conoció victorias y derrotas que enriquecieron mi vida. Reconozco que mi constancia ha sido la virtud de mi estilo. Fueron años largos de persistir con terquedad en la línea. Muchas veces mi mayor problema era la meta, no el camino. Cuando ella desaparecía en el horizonte, me invadía la angustia desesperada de la frustración. En el descanso le escribía a Louise.
Hoy soy un ángel asexuado, un fantasma parlante, un bicho raro frente a un amigo: tú.
Te pido que registres mis confesiones de hoy. Unos momentos más sobre el cielo de París, un recorrido sobre el Sena y volveré a mi refugio. Yo, Gustave Flaubert, seguiré habitando el barrio Antipatrimonio de la humanidad para redimirlo. Buscando entre sus sucios rincones, en las grietas de sus adoquines, en los agujeros de sus ruinosos tejados, en las inscripciones inmorales de sus muros descascarados, bajo los escombros de sus viviendas espontáneamente destruidas, en las asquerosidades de sus antiguas letrinas –lugares todos ellos a los que tengo fácil acceso- la perfecta conjunción de la materia y la abstracción. Del estilo y la realidad. De las alturas y las profundidades. Lo haré con el mismo ardor, con idéntico sufrimiento y estimulante desánimo con los que escribí una y mil frases de mis obras.

Escuché el ruido prolongado del portazo de la puerta de madera carcomida.

(1) Oración textual de G.F. e idea que utiliza recurrentemente
(2) Louise Colete, su amante
(3) Textual
(4) Textual

Arenys de Mar, España, marzo 2009 Rodolfo Bassarsky



 

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