Tercer Milenio en la Cultura

Es una publicación de la "Asocación Tercer Milenio en la Cultura"

Una mirada a la cultura desde las perspectivas de este milenio

 

Cuentos

DULCE OTOÑO

 

por irma sambuelli

 

Versión para No Videntes    

 

 

DULCE OTOÑO
Irma Sambuelli


La señora Mercedes no podía sospechar cómo cambiaría su vida a partir de aquel funesto acontecimiento. Ni aún en sus audaces fantasías tuvo similares ideas. Hacía unos años, muy joven aún, se había casado con Julián Suarez, hombre un tanto riguroso, según las costumbres de la época, que ella debió aceptar como buena cristiana. El matrimonio, tal esperaba, no fue lo soñado y sus grietas le habían borrado la sonrisa.
Tomar el te con las amigas, hacer el curso de teología en la iglesia cercana, eran un intento de abstraerse de sus pensamientos. Las dos misas semanales y las conversaciones con el padre Victorio la ayudaban a su tranquilidad de espíritu.
De regreso a casa, en soledad, surgían con fuerza sus ocultos anhelos. ¡ Ella quería amor, salidas a la luz de la luna, teatros, un marido lisonjero, apasionado, flores, bombones! ¡Eso quería ella! Entonces el corazón le palpitaba vagamente , a la espera que alguien la mirara, comprendiera y la llevara a ese paraíso.
Pero allí estaba, parada al lado de la cama matrimonial, donde su marido reposaba de una cruel enfermedad que venía soportando desde el verano anterior. Ya era otoño, y por los ventanales de la habitación miraba un tanto enajenada, las hojas ocres desprendiéndose de los árboles y danzando a merced del viento. Una brisa suave movía las cortinas y renovaba el aire del ambiente, oloroso de alcohol y medicamentos. Se sentó en su sillón de terciopelo y lloró con resignación.
La última visita médica confirmó lo que ya suponía. Julián no pasaría más allá de esa .
Durante el transcurso del velatorio, iban llegando algunas amistades y los familiares más íntimos, ofreciendo a la viuda sus condolencias y palabras reconfortantes. En las primeras horas de la mañana, antes de partir al cementerio, acude a la sala el padre Victorio, a ofrecer la extremaunción.
Mercedes se turbó al verlo, y sin saber porqué pensó en los pájaros bullangueros que volaban entre árboles y cielo azul. Era agradable el padre, acogedor, sereno. Hablaron unas pocas palabras, miró los ojos claros de Victorio cuando él tomó sus manos entre las suyas; pensó en suavidad de seda, perfume de rosas, cielo azul.
Días después, a la hora del crepúsculo tomó el camino hacia la iglesia. Llevaba puesto un vestido blanco impecable y sus cabellos sueltos.
Victorio la vio llegar y le pidió perdón a Dios; aferró la puerta tras el ingreso de ella. Bajo la luz mortecina de una lámpara, sus suspiros se escapaban de sus bocas. El primer abrazo fue tímido, ya, más estrecho hasta abandonarse en caricias y besos y más besos. Vestido blanco y sotana negra enredados sobre el piso. ¡Pasión y flores! ¡ Pájaros alborotados!
Mercedes no quiso pensar. ¡Estaba tan feliz en aquél dulce otoño!
Afuera, las terrazas floridas se cerraban con los primeros vientos y la ciudad recobraba su rutina de siempre.



 

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Lunes 15 de Octubre de 2018

 

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